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Mi Pasión por la Comunicación

El cine, radio y televisión entre los gustos que lo formaron

Por Francisco Fonseca N.

Fundador de Notimex Premio Primera Plana

 

Análisis / sábado 3 de octubre de 2020

Mi texto anterior terminaba con los siguientes datos: allá por 1954 la televisión mexicana empezó con programas nacionales de corte cómico con Manuel “El Loco” Valdés, Sergio Núñez Falcón, Héctor Lechuga, y más tarde Chucho Salinas.

Por su parte, la televisión norteamericana, cada vez más presionada por las grandes comercializadoras, seguía produciendo series interesantes, que disfrutamos por un tiempo: Jim West, Viaje a las Estrellas, Los Picapiedra, Combate, Hechizada, El Super Agente 86, Los Locos Adams, Los Monsters, Perdidos en el Espacio, Bonanza, El Gran Chaparral, Misión Imposible, Patrulla de Caminos, y Los Intocables.

Los Intocables fue un caso especial porque fue la primera serie de tipo policíaco, que tenía como tema sustancial la época de la prohibición de bebidas alcohólicas en los Estados Unidos y de la vida del primer gran delincuente Alphonse Capone dedicado, entre otros delitos, a la fabricación clandestina y a la importación prohibida de bebidas de países limítrofes, principalmente de Canadá. El asunto responde a lo manifestado en 1964 por el famoso economista Vance Packard en su libro La Sociedad Desnuda que tiene por tema la vigilancia extrema a la que está sometida la población por la policía y sobre todo por las empresas mediante la obtención de datos personales de sus trabajadores.

Packard puso especial énfasis sobre los nuevos métodos de manipulación mental introducidas por la televisión como los mensajes subliminales. Packard fue el primer pensador norteamericano que denunció las técnicas de manipulación mentales y psicológicas con su libro Las Formas Ocultas de la Propaganda. Constató que la introducción de mensajes subliminales como “beban Coca-Cola” habían aumentado las ventas un 15 %. Este libro, un best-seller en los años 60 en Estados Unidos, inspiró los movimientos de consumidores y todavía hoy sirve de base a la denuncia de los excesos del consumo.

Debo decir que la radio, la televisión y el cine nos divirtieron muchísimo durante nuestra adolescencia. Los fines de semana eran para el cine. Conocimos casi todas las salas de exhibición de películas en la ciudad de México y nos quedábamos con la boca abierta viendo la belleza de María Félix, de Dolores del Río, de Rita Macedo, de Elsa Aguirre, de Sarita Montiel. O moríamos de risa con los chascarrillos y los chistes de “Mantequilla”, de Joaquín Pardavé, de Agustín Isunza, del “Chino” Herrera, de “Cantinflas”, de Manuel Medel, de “Palillo”, de “Resortes”, de “Clavillazo”; o adivinábamos las formas sensuales debajo de los atuendos de Lilia Prado, de Rosa Carmina, de Meche Barba, de Ninón Sevilla, de Amalia Aguilar, de María Antonieta Pons, de Tongolele. Nuestros sentidos de atracción empezaban a despertar. Salíamos del cine cantando lo que oíamos de Pedro Infante, de Jorge Negrete, de Emilio Tuero, de Antonio Badú, de Fernando Fernández, de Pedro Vargas, de Miguel Aceves Mejía, y otros.

No puedo dejar de mencionar que también amábamos a las bellezas cinematográficas extranjeras como Maureen O ́Hara, Debora Kerr, Elizabeth Taylor, Olivia de Havilland, Ava Gardner, Audrey Hepburn, Marilyn Monroe, Ingrid Bergman, Gina Lollobrigida, Kim Novak, Sophia Loren, Brigitte Bardot, y muchas más. Y envidiábamos a los galanes: Gregory Peck, Clark Gable, Cary Grant, Marlon Brando, James Stewart, Gary Cooper, James Dean, Marcello Mastroiani, Vittorio Gassman, y cuántos más.

Pero independientemente del cine, radio y televisión, había para mí un tema muy importante, mi gusto por la escritura. Para empezar, en sexto de primaria y en primero de secundaria tuve el privilegio de ser el “campeón de ortografía” de mi salón. Eso me enorgullecía tremendamente.

Y un buen día de secundaria, se me ocurrió escribir algo. Pero ¿qué? Entonces ví la máquina de escribir de mi mamá (en la cual ella preparaba sus textos para la radio).

Tomé tres hojas blancas, les interpuse dos hojas de papel carbón, las metí en el rodillo de la máquina y ¿ahora? ¿Poesía? pues no la leería nadie; ¿prosa?, algunos tal vez. Entonces recordé que, en la Escuela, nuestro maestro Agustín Lemus Talavera elaboraba, con ayuda de algunos, entre ellos yo, un periódico mural, de un metro cuadrado,

llamado MAS (acrónimo de Más Almas Sanas), y que estaba colgado en una de las paredes de la planta baja, y que incluía muchos temas. (por allí conservo una foto).

Yo decidí que haría un documento en papel, atractivo y simpático, y que pasara de mano en mano. Me dí a la tarea de escribir un periodiquito de dos hojas, que dobladas a la mitad serían cuatro, teniendo cuidado de no sobreescribir en la misma cuarta. ¿Cómo se llamaría? Mi cerebro, que ya estaba bastante convulsionado con la idea de escribir, automáticamente me automáticamente me recordó que un maestro cuando se molestaba levantaba la voz, y un amigo del salón decía que parecía rugir como león. Se me ocurrió “LA VOZ QUE RUGE”. No era un título que tuviera nada de sugestivo, pero peor es nada. Un título suavecito o discreto iría al bote de basura. (Creo que también por allí conservo un original). (continuaré)

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