Cultura

La Arqueología, fuente de identidad para el mexicano: Sánchez Nava

Extiende su mano desde la azotea del viejo edificio de la Librería Porrúa en la calle de Donceles como si tratara de alcanzar los escalones de piedra del Templo Mayor; pero antes nos explica desde el pavimento de la calle de Argentina, mirando hacia el norte, cómo la Secretaría de Educación se está hundiendo por la pérdida de agua en el subsuelo: “es lo que llamamos el fenómeno del bufamiento, o sea el hundimiento diferencial del suelo”, aclara el arqueólogo Pedro Francisco Sánchez Nava.

Hombre maduro, de formación cultural profunda, Sánchez Nava es un verdadero amante de la arqueología; un día encontró su vocación, cuando era estudiante de la ESIME, la Escuela Superior de Ingeniera Mecánica y Eléctrica, del Politécnico; entonces, se despidió de sus compañeros que no podían creer ese cambiar tan radical, y simplemente se fue a la Escuela Nacional de Antropología e Historia, la famosa ENAH, de donde ahora tiene el grado de doctor y es investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Son muchos años de buscar la verdad de nuestra historia en las entrañas de la tierra; bajo el sol ardiente de Cacaxtla, en Tlaxcala; en Teotihuacan, en Chichén Itzá; en Uxmal, en Zacatenco, en Cuicuilco, en el Tajín.

La Arqueología implica a la vez un trabajo rudo y una preparación teórica profunda; un quehacer pesado, a la intemperie, buscando la verdad histórica en el fondo de la tierra, de los cerros, pero también en las playas del sureste mexicano, en Cozumel, o en el Pacífico en la Isla de Cedros, y en la semi desierta península de Baja California, en la Sierra de San Francisco, donde están las pinturas rupestres tan fascinantes y significativas como las de Altamira, en España.

La profesión del arqueólogo tiene sus peligros: animales ponzoñosos, insolaciones, pantanos, horas solitarias picando piedra, puliendo vestigios, hiriéndose las manos con tepalcates; horas de pensamientos solitarios buscando en el fondo de la tierra la razón de la historia: pirámides sobre pirámides; y luego palacios y catedrales sobre las pirámides, como ocurre en el centro de la Ciudad de México.

Una experiencia vasta e intensa: encontrarse de pronto frente a restos humanos de diez mil años de edad; interpretar el simbolismo de los entierros, de las vasijas, de los códices, de las esculturas, de los grandes monolitos: de la diosa Coatlicue, de la Coyolxauhqui, “que tiene pintados cascabeles en la cara”, la hermana de Huitzilopochtli, que probablemente representa a la luna.

“Ser arqueólogo es una vocación que no se puede eludir”, dice Pedro Francisco Sánchez Nava, ahora sentado detrás de su escritorio, en el segundo piso del bello Edificio del Palacio del Marqués del Apartado, que lleva ese nombre porque ahí despachaba el represente del Rey, Don Pedro Antonio de Fabuada, que apartaba el oro de la plata que se enviaban a España, y que ahora alberga al consejo Nacional de Arqueología; es este Palacio del Marqués del Apartado una obra de arquitectura magnífica del arquitecto valenciano don Manuel Tolsá, construido a finales del siglo XVIII, y que se encuentra a espaldas de la Catedral, justo enfrente del Templo Mayor.

Es el Palacio del Marqués del Apartado, un edificio espléndido, clásico, con un frontispicio romano, que fue construido sobre una pirámide azteca, a la cual ahora se puede descender a través de lo que se llama una “ventana arqueológica”;  y al hacerlo, el visitante se da cuenta de lo que ahí pasó: vino una nueva civilización, la española y se monto en otra, la mexica.

MEXICO SURGE DEL CHOQUE DE DOS GRANDES CULTURAS

“La creación de la cultura mexicana surge para muchos de un choque cruel y espantoso, y para algunos resulta una amalgama civilizatoria entre lo español y lo indígena”, expresa Sánchez Nava, “pero ya sea una cosa o la otra, aquí estamos los mexicanos: México y la nueva y gran cultura mexicana que tiene su propia identidad y su propio destino”.

“La grandeza de las culturas indígenas que encontraron los españoles aquí a su llegada fue deslumbrante: México-Tenochtitlan: una cultura viva rica; una organización social avanzada, asombrosa.

“Y ahí, a principios y mediados del siglo XVI se observa una lucha permanente, pero también una amalgama entre las dos culturas, hasta que en el crisol de los siglos, surge la nueva raza y la nueva cultura mexicana: una mezcla de razas viva, vigorosa, creativa, amante de la libertad y de la independencia; es la raza del sol; se crea completamente la nueva identidad mexicana, basada en el águila y la serpiente”.

“Después de tres siglos de sometimiento, los mexicanos deciden independizarse de España, y lo logran después de una larga lucha y muy sangrienta”.

“A continuación, dialécticamente viene una lucha permanente entre liberales y conservadores; entre Iturbide y Guerrero, y los que les siguen; pero la mayoría de ellos inspirados en lo mexicano, en lo que nos dejan nuestras primeras culturas y así, el primer Presidente de México, Don Guadalupe Victoria crea el Museo Nacional emitiendo una ley con sentido nacionalista”.

“En medio de esa lucha continua entre liberales y conservadores, nuestra nación llega a estos días con una gran identidad; pero al mismo tiempo, nos damos cuenta de que México es pluricultural y multicultural: en eso consiste su fuerza y eso hace que nuestra cultura no sea soluble a otras culturas, ya sea de Norteamérica o de Europa”.

“Todo el territorio mexicano es arqueológico; donde quiera que pises o toques o rasques, hay vestigios arqueológicos; nuestros antepasados ya estuvieron ahí; por eso, los arqueólogos decimos:

“Del Bravo hasta el Suchiate, México es un tepalcate”.

“Por eso, toda construcción o vestigio anterior al año de 1521, es patrimonio de la nación; es inalienable e imprescriptible; todo eso es propiedad de la nación”.

“Pero, las construcciones y vestigios del año 1521 hacia acá, requieren declaración especial del Instituto Nacional de Antropología e Historia, para ser considerados patrimonio de la nación”.

Desde la terraza de la librería Porrúa, donde ahora hay un buen restaurante, el arqueólogo Pedro Francisco Sánchez Nava extiende su mirada hacia el Zócalo, hacia la Catedral, el Palacio Nacional y el Palacio de la Regencia, y teniendo bajo los pies al Templo Mayor y a su mano derecha el bello Palacio del Marqués del Apartado, expresa con cierta nostalgia, tal vez porque su actividad es ahora más de escritorio que de campo: la ciudad de México encierra tesoros maravillosos…”.

Por el Lic. Mauro Jiménez Lazcano y Margarita Romero Luelmo, Directores de Macroeconomía

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