Editorial

Por una Democracia sin chantajes

En efecto, México ha dado grandes pasos en el avance democrático, pero todavía nos vemos frenados en diferentes aspectos en el ejercicio parlamentario y en la lucha política cotidiana, como se ha visto desde hace algún tiempo, mediante la aplicación de chantajes o advertencias de que no se aprobará tal o cual ley, si no me concedes tal o cual cosa, ya que de no ser así no te daré mis votos con los que se logra la mayoría necesaria.

Y como en la actualidad ningún partido tiene por sí mismo la mayoría absoluta de 50% más uno, que requiere la modificación de las leyes y mucho menos la mayoría calificada de las dos terceras partes de la votación, que se exige legalmente para las modificaciones constitucionales, las advertencias o chantajes de la oposición causan efectos negativos, ya sea que verdaderamente detengan la aprobación de cambios legales y cambios constitucionales; o bien, que logren “convencer” al gobierno para que otorgue a los partidos opositores concesiones o prebendas políticas, en forma moralmente inaceptable.

Recientemente hemos visto cómo aparecen en los medios de comunicación, y especialmente en la televisión, presidentes o líderes morales de partidos que siendo adversarios permanentes se unen en la coyuntura para intentar “doblarle la mano” al gobierno, ya sea por esto o por lo otro: para que el gobierno reduzca su acción sobre Oceanografía o para que no investigue tanto la Línea 12; o para que acepte poner a tal o cual consejero en alguna comisión o institución; o para que no investigue y mucho menos castigue a tal o cual ex funcionario público de nivel nacional, estatal o municipal.

Es muy frecuente ver cómo altos dirigentes políticos opositores que eran como el agua y el aceite, ahora se diluyen entre sí y aparecen como un cuerpo compacto contra posiciones gubernamentales, y amenazan al Ejecutivo o a la Mayoría Parlamentaria con la paralización de las Reformas Estructurales que se han planteado.

Felices salen en la televisión y los medios impresos, dirigentes otrora intransigentes de izquierda y de derecha abrazándose y hasta dándose ósculos poco santos, pero sí más bien convenencieros.

La población nacional, al ver eso, se confunde y deja de creer en la verborrea de los partidos políticos.

Si hace unas décadas el ahora homenajeado poeta Octavio Paz proponía, junto con el escritor Enrique Krauze: “Por una Democracia sin adjetivos”; hoy nosotros proponemos, junto con muchos mexicanos: “Por una Democracia sin chantajes”.

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