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“El Mundo tardará un siglo en recuperar la salud monetaria que ha perdido”: Hugo Salinas Price


Quien desee entender lo que sucede en el mundo de hoy hará bien en leer este pequeño pero trascendente libro, que ahora presentamos traducido al español: “La Inflación del Dinero Fiat en Francia”, de Andrew Dickson White, ex presidente de la Universidad Cornell de E.U., durante un tiempo diplomático al servicio de su nación, estudioso de asuntos económicos y sociales y autor de numerosos libros. El libro fue publicado por primera vez en 1896 y reproducido en 1933.

Este libro presenta un microcosmos de nuestro mundo actual.

Lo que ocurrió en la Francia revolucionaria en los años 1790 a 1797 es precisamente lo que ocurre en el mundo entero en 2011. El mundo vive un proceso de degeneración monetaria que se inició en forma explícita con el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914, aunque tuvo su origen en una serie de errores financieros cometidos durante años anteriores. Durante el siglo XX, la descomposición monetaria tuvo lugar en una serie de etapas, la última de las cuales terminó con el repudio del Tratado de Bretton Woods en 1971. La conclusión desastrosa de este proceso de degeneración monetaria se aproxima.

La inflación monetaria en Francia, que se desarrolló y concluyó en el corto lapso de siete años, tuvo su origen en una idea típicamente “revolucionaria” de los legisladores franceses de esa época: que la inteligencia humana puede hacer a un lado las leyes permanentes e inmutables que gobiernan a la acción humana y sustituirlas por inventos del intelecto para lograr la prosperidad a corto plazo, sin la molesta necesidad de ejercer las virtudes del ahorro, el trabajo honrado, la prudencia y la paciencia.

Los legisladores, impacientes por resolver el problema de la incertidumbre económica que había provocado la Revolución misma, resolvieron tomar un atajo para estimular la economía. Ante el clamor popular que gritaba “¡Falta dinero!” se propusieron remediar la supuesta falta de dinero (un mero síntoma) con la creación de dinero de la nada.

Desoyeron todas las advertencias de personas con experiencia financiera; se confirmaron unos a otros la presunta validez de sus argumentos falaces, y convencidos de la viabilidad de su proyecto monetario, los legisladores (entre los cuales se hallaban los hombres más inteligentes de su época) impulsaron un proceso inflacionario a base de dinero fiat – dinero inconvertible a moneda de oro o de plata.

Pese a los resultados negativos que pronto exhibió esta política – una constante caída en el poder adquisitivo del dinero fiat, que se reflejó en el alza de precios de todas las mercancías – se aferraron a seguir por el camino errado y atribuyeron los malos resultados a todo, menos que a su política de inflación con dinero ficticio. Se apoderó de la legislatura francesa la ley inmutable de finanzas respecto del dinero ficticio: la ley de la aceleración de la emisión del dinero fiat y de su concomitante depreciación acelerada.

En siete años, Francia quedó totalmente arruinada. Las manufacturas cerraron. El desempleo cundió y como consecuencia los salarios de las clases obreras se estancaron, lo cual causó gran sufrimiento para la gente más pobre, pues subían lo precios de los artículos de primera necesidad. El desempleo fue aliviado solamente por la levas que llevaron a millones de franceses a morir en las guerras de la Revolución. Las costumbres sufrieron una degradación notable. Toda actividad económica se volvió un juego de azar. La especulación facilitó en enriquecimiento de hombres carentes de moral a la vez que sumió a las clases más pobres en la miseria.

Quizá lo más notable de este fatal experimento en Francia es que ni uno solo de los responsables reconoció jamás haber estado equivocado. Lo que sucedió en Francia, bajo este régimen de dinero falso, es precisamente lo que ocurre en nuestro mundo de hoy. Los mismos fenómenos que se observaron en Francia, se observan en todo el mundo hoy.

Los responsables de la enorme crisis mundial del presente insisten en seguir por el camino que ha llevado a este desastre. Ni uno solo de los responsables quiere reconocer que han estado todos ellos en el error. Insisten, como los revolucionarios franceses, en aplicar mayores dosis de dinero falso: si se crea suficiente dinero, dicen, se resolverá el problema de la crisis.

La destrucción de Francia tomó sólo siete años. La misma política que destruyó a Francia ahora opera mundialmente. Por eso, la destrucción económica y moral ha sido más lenta – el mundo entero es el teatro de esta tragedia, no sólo un país.

La conclusión fatal del actual experimento mundial con dinero ficticio llegará, tarde que temprano; será de alcances mundiales y el mundo tardará un siglo, cuando menos, en recuperar la salud perdida.

Y cuando haya llegado esa conclusión trágica, tengan los lectores de este pequeño opúsculo la seguridad de que ni uno solo de los responsables de esta catástrofe aceptará haber estado en el error.

Por Hugo Salinas Price

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