“El malestar con la Democracia.- Mayorías vs Minorías”: Dr. Héctor San Román A.

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Por el Dr. Héctor San Román A.

 

: «Óyeme ahora, hermano mío, mientras las Furias te consienten razonar…»

 

El rechazo a la injusticia surge de forma espontánea tanto de la indignación cuanto del argumento. La frustración y la ira pueden ayudar a motivarnos, rebelarnos, y sin embargo, en definitiva, tenemos que apoyarnos tanto en evaluación cuanto para la efectividad, en el razonado escrutinio a fin de obtener una comprensión plausible y sostenible de la base de las quejas. Es por ello que ante aparición de distintos ejemplos de populismo en diferentes partes del mundo salga a la luz una pregunta que nadie se planteaba unos años atrás: ¿están nuestras democracias en peligro?

En México ha habido una larga historia de lucha social en nombre de la democracia acaso Don Francisco I Madero no es un referente de ello?, pero remontémonos, a la aparición del Estado moderno durante y después de la Revolución, también debemos incluir las divisiones políticas, incluyendo confrontaciones y actos de la contrarrevolución, ejemplos de ello las luchas obreras organizadas en las décadas de los cuarenta y cincuenta; la creación del IMSS en 1943; el movimiento médico 1964-1965; el movimiento estudiantil de 1968; la insurgencia obrera y la Tendencia Democrática; el malestar entre las clases medias, por la industrialización y la sustitución de importaciones en la década 1970; la creación del INFONAVIT 1972; los nuevos movimientos de oposición que encausó la LFOPPE en 1977; los movimientos guerrilleros urbanos y rurales también en esa década; y como no recapitular sobre la coalición de izquierda del Frente Democrático Nacional FDN que dio lugar al surgimiento de la oposición institucional del PRD organizado por el Ing. Cuauhtémoc Cardenas en los 80s. La implementación del neoliberalismo propiciado por Ronald Reagan y Margaret Thatcher quiénes buscaron atrevidas reformas con miras al libre mercado cuando llegaron al poder por primera vez, el neoliberalismo también se desarrolló de modo más sutil en las naciones euroatlánticas a través de técnicas de gobernanza que usurpaban un vocabulario y una conciencia social pertenecientes a la democracia por términos económicos; así llegamos al año 1988, la caída del sistema que culminó con una “mayoría” electoral que dio el triunfo al Lic. Carlos Salinas, (con ello vendría el 10 de enero de1989 la detención y prisión de los líderes petroleros, Joaquin Hernandez Galicia, “La quina”; Pepe Sosa y Salvador Barragán Camacho); Primero de enero de 1994 la aparición del EZLN; 23 de marzo de1994; asesinato del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio, (y nos seguiremos preguntando: ¿quien, quienes y porque?) ; El 21 de junio de 1997, con la muerte de Don Fidel Velazquez inicia el ocaso del movimiento obrero organizado, para que quizá se cumpla la predicción del intelectual francés André Gorz en 1980: “La clase obrera ha muerto, pues se encuentra permanentemente dividida como grupo social, desposeída culturalmente y privada de su anterior (y difunto) papel como agente del progreso social”, junto a la debilidad material, el movimiento obrero ha padecido un verdadero desplome ideológico que se deja sentir con igual agudeza en el mundo del trabajo y en el contexto socio político; hemos sido testigo de cómo las nefastas “reformas laborales” han propiciado a nivel  global, la desregulación de las normas laborales, la caída de la afiliación sindical, el poder de negociación de los sindicatos; la precarización de los salarios y con ello la participación de estos en el PIB “. En ello radica La causa fundamental del problema del que se lamenta Thomas Piketty: la incapacidad de los obreros para defender su cuota en el producto total, con el consiguiente aumento de la desigualdad.

Finalmente en los tres últimos años del siglo XX hubo una fuerte competencia entre los partidos políticos; el 6 de julio de 1997 el PRI pierde la mayoría en la Cámara de Diputados, lo recuerdo como diputado saliente, acompañado por el Lic. Enrique Leon nos costó bastante trabajo político iniciar la transición de la LVI Legislatura a la LVII y la presidiera el dip. Arturo Nuñez por el PRI. El Partido Acción Nacional gana dos gubernaturas Nuevo León y Querétaro; Julio de 1997, la primera elección para Jefe de Gobierno del Distrito Federal, el triunfo fue para el Ing. Cuauhtémoc Cardenas. Durante la última década del siglo XX el PRI fue sucesivamente derrotado en elecciones municipales y estatales, siete estados entre 1996 y 2000 Baja California, Baja California Sur, Guanajuato, Jalisco, Nuevo León, Querétaro y Tlaxcala, ya iniciado el siglo XXI el PRI pierde definitivamente la presidencia de la República. Y con este siglo se recrudece nuestro malestar con la supuesta democracia, de hecho se registra un progresivo desalineamiento entre Estado, mercado, nación, y partidos políticos; estos factores de la democracia en la “modernización” no logran adaptarse y cooperar, como lo habían hecho por lo menos durante cincuenta años, y sus lógicas después de haberse encontrado en una cierta fase de su historia política, como rayos de luz divergen hacia distintos destinos. Las discrepancias en la democracia, estallan, pero los cambios históricos tienen una dinámica progresiva, en el sentido de que van siempre hacía una situación distinta. También es una simplificación excesiva creer que cualquier dinámica de cambio es en sí misma positiva y que toda reacción contraria al cambio es necesariamente negativa en todos los aspectos.

“En las mayorías democráticas no existe un poder coercitivo destinado a mantener a raya el disenso, no hay campos de concentración ni oficina censora, mientras que las cárceles repletas como están, no tienen celdas reservadas para los opositores políticos o los heréticos”, expresó el Dr. Héctor San Román A., distinguido politólogo mexicano

Durante casi cuatro décadas los sucesivos gobiernos neoliberales, desde De la Madrid hasta “peña nieto”, se caracterizaron por ceder a las exigencias de las corporaciones abriendo indiscriminadamente el mercado nacional a las importaciones y a la inversión extranjera directa, renunciando a organizar políticas industriales que, a través de la regulación del ingreso y operación del capital transnacional, permitieran enfrentar los grandes rezagos nacionales en cuanto al desarrollo económico, niveles de empleo y bienestar, y el resultado ha sido francamente negativo.

El neoliberalismo, desde su fe en el carácter permanente y definitivo de los mercados libres, trato de reescribir toda la historia anterior de la humanidad convirtiéndola en <<lo que no funcionaba antes de que llegáramos nosotros>>. Pero basta reflexionar un poco sobre la historia del capitalismo para que enseguida nos preguntemos qué sucesos, en medio de ese caos de acontecimientos, corresponderían a un patrón recurrente y que otros forman parte de un cambio irreversible.

Las Políticas del <<Consenso de Washington, denominadas neoliberales o fundamentalísimo del mercado>> no prestaron atención a cuestiones de distribución o equidad. La implementación del neoliberalismo en el gobierno de Ronald Reagan en Estados Unidos, de Margaret Thatcher en Reino Unido, y en Chile bajó las dictadura de Pinochet después de derrocar a Salvador Allende en 1973, en esos países se impuso con el aplastamiento sindical y con el uso de la fuerza, y eso no fue todo, sería el Fondo Monetario Internacional el que impondría los “ajustes estructurales” en el Sur Global las siguientes dos décadas. Neoliberalismo (un término que se refiere a un paradigma económico y un proyecto político que gira en torno a la privatización, la desregulación de los mercados, el debilitamiento de los sindicatos y el fortalecimiento del capitalismo, la reducción del rol económico del Estado, el surgimiento de los mercados de capitales y la globalización. Estos serían los supuestos mecanismos para asegurar “el progreso y el bienestar económico de la sociedad”. Sin embargo hemos vivido durante las últimas décadas del siglo XX y la quinta parte del siglo XXI un periodo de volatilidad macroeconómica y repetidas crisis financieras y en México dio curso la contrarrevolución. Esa Revolución que nos dio origen, principios e instituciones; pero subrayo, la Revolución no fracasó. Fracasaron los revolucionarios que se transformaron en burgueses, los que gobernaron en su nombre y no aplicaron correctamente su doctrina, los que no supieron concretar los ideales que el pueblo, pese a todo, se empeñará en conquistar. Las premisas para el desarrollo democrático con justicia social, soberanía e independencia establecidas por la revolución de Flores Magón, Zapata y Villa, están vigentes. A pesar de los intentos por doblegarla desde dentro por la contrarrevolución y desde fuera por los poderes neoliberales. Tal pareciera olvidar que: Toda Sociedad que destruye el tejido de su Estado no tarda en <<desintegrarse en el polvo y las cenizas de la individualidad>> cuando se empieza a desmantelar el tejido del Estado, es lo que más se parece a la guerra de todos contra todos de la que hablaba Hobbes, en la que, para muchas personas, la vida se ha vuelto de nuevo solitaria, desigual y más que desagradable. En una situación así conocer la historia es un elemento más poderoso de lo que pensamos.

Hay algo profundamente erróneos en la forma en que vivimos hoy; Parecemos incapaces de imaginar alternativas. No podemos seguir viviendo así. Nosotros sabemos que algo está mal y que hay muchas cosas que no nos gustan. Pero ¿en qué podemos creer? ¿Qué debemos hacer?. Nuestra actitud es irónica, es el reverso de la moneda de una época no lejana

En un padrón electoral de más de 80 millones, en que participó el 63% y, donde 30 millones votan por un candidato y, 25 millones votaron en contra, (25 millones) no votaron, y aún así, se establece un gobierno “democrático”, ¿que es mayoría y que es minoría?. El reconocimiento de que la democracia tiene que preocuparse a la vez por el gobierno de la mayoría y por los derechos de las minorías no es una idea nueva, aun cuando en el contexto organizacional, la democracia es vista con frecuencia sólo desde el punto de vista de las elecciones y de la ley de la mayoría. Un entendimiento más amplio de la democracia como razonamiento público, que incluye las votaciones pero que va mucho más allá de ellas, puede atender la importancia de los derechos de las minorías sin ignorar los votos de la mayoría como parte de la estructura total de la democracia. Subsiste, empero, el problema que una mayoría sin escrúpulos, que no tiene reparo en eliminar los derechos de las minorías, plantearía a la sociedad al obligarla a escoger entre gobierno de la mayoría y derechos de las minorías. La formación en los valores de la tolerancia resulta entonces esencial para el eficiente funcionamiento de la democracia. Eso significaría; la dictadura de lo políticamente correcto, una censura sutil que ocasiona que todo el mundo tenga miedo a salirse de los cánones que se nos pretende establecer.

El tema de la democracia se ha convertido en un severo embrollo a causa de la forma en que la retórica que lo envuelve se ha empleado en fechas recientes. De manera creciente, se observa una dicotomía extrañamente confusa entre los que quieren imponer la democracia y los que se oponen a dicha imposición. Pero el lenguaje de la imposición, empleado por ambas partes, es extraordinariamente inapropiado puesto que supone de manera implícita que la democracia pertenece en exclusiva a una supuesta mayoría. Pero esa tesis y el pesimismo que se genera acerca de la posibilidad de imponer caprichos en la democracia serían muy difíciles de justificar.

Bajo tales supuestos se presenta un malestar (un rechazo) con nuestra supuesta democracia, alimentado por una cascada de ideas “contra” la democracia, malestar contra sus instituciones políticas frente a su realidad social.

Ese malestar con la democracia es tanto subjetivo como objetivo, primero en el ciudadano hay tanto desafecto como indiferencia hacia lo que se pregona como democracia, lo cual equivale a una aceptación tanto pasiva como acrítica, al rechazo implícito de sus presupuestos más complejos y comprometedores. El perfil del ciudadano que vive hoy en nuestra sociedad tiene hacia la política una actitud que hace cada vez más difícil la democracia; un desprecio colérico o condescendiente, generado por el desconcierto de una muerte que se presagia.

 

“Nos diferenciamos de otros Estados en el hecho de considerar un inútil a quien no toma parte en estos asuntos”.Pericles

Lo que cierto es que existe un verdadero malestar objetivo y estructural por la inadecuación de la democracia, y de sus instituciones para mantener sus propias promesas, para estar a la altura de sus objetivos humanísticos, para otorgar a <<todos>> igual libertad, iguales derechos e igual dignidad. No podemos negar que: La democracia ha sido arrasada por las transformaciones del mundo; la democracia real está en crisis, mientras la democracia como ideal triunfa en las últimas revoluciones democráticas, acontecimientos emocionantes, ricos en pathos y en esperanza. Lo diremos de otra manera: aunque Los presupuestos lógicos y los valores de la democracia no son abiertamente impugnados, a menudo se cuestionan sus reglas y sus instituciones, lo que equivale a decir que, aunque estén presentes algunos de los pre-requisitos de una democracia, esta no remonta el vuelo, o más bien, sus resultados son decepcionantes para un número cada vez mayor de personas.

La <<apertura>> de la sociedad abierta adquiere un nuevo matiz, con el que Karl Popper, que acuñó la expresión, jamás soñó. Ahora igual que antes, remite a una sociedad que se sabe incompleta con toda franqueza y, por tanto, ansía ocuparse de las propias posibilidades, todavía no intuidas ni mucho menos exploradas; pero señala también una sociedad impotente como nunca para decidir su curso con un mínimo grado de certeza, y para mantener el rumbo escogido una vez tomada la decisión. Producto precioso en su momento, aunque frágil, de la valerosa y estresante autoafirmación, el atributo de la <<apertura>> casi siempre se asocia en nuestros días a un destino inexorable; con los efectos secundarios, imprevistos y no planeados, de la <<globalización negativa>>: una globalización altamente selectiva del comercio y el capital, la vigilancia y la información, la coacción y el armamento, la delincuencia y el terrorismo, todos ellos elementos que rechazan de plano el principio de soberanía territorial y no respetan ninguna frontera estatal. Una sociedad <<abierta>> es una sociedad expuesta a los golpes del <<destino>>. ¿Y la democracia?

Muchas medidas gubernamentales que subvierten la democracia son <<legales>>, en el sentido que las aprueban los legisladores o bien los tribunales. Es posible que incluso se ofrezcan a la población como medidas para <<mejorar>> la democracia: para reforzar la eficacia del poder judicial, combatir la corrupción e incluso sanear el proceso electoral. Se sigue publicando prensa, si bien ésta es sobornada y al servicio del poder, o bien tan sometida a presión que practica la autocensura. Los ciudadanos continúan criticando al Gobierno, pero a menudo la respuesta es lidiar con los impuestos u otros problemas legales. Y todo ello siembra la confusión pública. La población no cae inmediatamente en la cuenta de lo que está sucediendo. Y muchas personas continuarán creyendo que viven en una democracia.

La imparcialidad cerrada puede excluir la voz de personas que no pertenecen al grupo en el poder, pero cuyas vidas están afectadas por las decisiones de ese grupo. El problema no está adecuadamente resuelto por formulaciones de imparcialidad cerrada o negligencia excluyente. La imparcialidad cerrada está ideada para eliminar la parcialidad hacia los intereses creados u objetivos personales del los individuos en el grupo del poder, pero no está diseñada para afrontar las limitaciones de parcialidad hacia los prejuicios compartidos de ese  grupo.

Estudiar democracias en crisis nos permitirá entender mejor los desafíos que afronta nuestra propia e incipiente democracia. A título de ejemplo, basándonos en las experiencias históricas de otros países, podemos explorar una prueba decisiva para ayudarnos a identificar qué personas podrían convertirse en autócratas en caso de ascender al poder. Podemos extraer lecciones de los errores en que incurrieron dirigentes democráticos pasados al abrir la puerta a dictadores en potencia y de los métodos que otras democracias han aplicado para mantener a los extremistas alejados del poder. Un enfoque comparativo revela asimismo como autócratas electos de distintas partes del mundo emplean estrategias asombrosamente similares para subvertir las instituciones democráticas. A medida que tales patrones se hacen visibles, los pasos hacia la desarticulación se vuelven menos ambiguos y, por ende, más fáciles de combatir. Conocer como la ciudadanía de otras democracias ha logrado resistir ante autócratas electos o por qué tuvieron la tragedia de no saber hacerlo también es esencial para quienes pretendan defender la democracia de su país en la actualidad.

Es bien sabido que de vez en cuando emergen demagogos extremistas en todas las sociedades, incluso en las democracias saludables. Una prueba esencial para las democracias no es si afloran o no tales figuras, sino si la élite política y, sobretodo, los partidos políticos se esfuerzan por impedirles llegar al poder, manteniéndoles alejados de los puestos principales, negándose a aprobarlos o a alinearse con ellos y, en caso necesario, haciendo causa común con la oposición en apoyo a candidatos democráticos. Aislar a los extremistas populistas exige valentía política. Pero cuando el temor, el oportunismo o un error de cálculo lleva a los partidos establecidos a incorporar extremistas en el sistema general, la democracia está en peligro.

Una vez que una persona potencialmente autoritaria llega al poder, las democracias afrontan una prueba decisiva: ¿subvertirá el dirigente autocrático las instituciones democráticas o servirán éstas para contenerlo?.

Pero las instituciones por sí solas no bastarían para poner freno a los autócratas electos. Hay que cumplir y hacer cumplir la Constitución nacional, y ese cumplimiento no sólo deben realizarla los partidos políticos y la ciudadanía organizada, sino que también debe hacerse mediante normas democráticas. Sin unas normas sólidas, los mecanismos de control y equilibrio no funcionan como los baluartes de la democracia que suponemos que son. Las instituciones se convierten en armas políticas, esgrimidas enérgicamente por quienes las controlan en contra de quienes supuestamente son oposición <<minorías>> sin representación. Y así es como los autócratas electos subvierten la democracia, llenando de personas afines con medidas clientelares e <<instrumentalizando>> los tribunales y otros organismos neutrales, coaccionando a los medios de comunicación y al sector privado u (hostigándolos para guardar silencio) y reescribiendo las reglas de la política para inclinar el terreno de juego en contra del adversario. La paradoja trágica de la senda electoral hacía el autoritarismo es que los asesinos de la democracia utilizan las propias instituciones de la democracia de manera gradual, sutil e incluso legal para liquidarla.

El gobierno de la mayoría solamente puede justificarse si se otorga igual valor, en el dominio de lo contingente y lo probable, a la doxai de los individuos libres. Pero para que esta equivalencia de valor entre opiniones no sea un “principio contra fáctico”, una suerte de instrumento pseudotrascendental, el permanente trabajo de la educación  de la sociedad debe producir ciudadanos tales que uno pueda razonablemente postular que sus opiniones tienen el mismo peso dentro del dominio político. Así una vez más, la cuestión de la paideia demuestra ser imprescindible.

Esos ciudadanos únicamente pueden ser formados dentro y por medio de una paideia democrática que no crece como una planta sino que tiene que ser uno de los objetos principales de la preocupación política de la sociedad.

La sociedad no puede hacer felices a sus individuos., Todos los intentos (o promesas) históricos de hacerlo han generado más desdicha que felicidad. Pero una buena sociedad puede -y debe- hacer libres a sus miembros, no sólo libres negativamente, en el sentido de no obligarlos a lo que preferirían no hacer, sino en el sentido positivo, el de poder hacer algo con su libertad, el de poder hacer cosas…. Y eso implica primordialmente la capacidad de influir sobre las circunstancias de su propia vida, formular el significado del “bien común” y hacer que las instituciones sociales cumplan con ese significado. Si “la cuestión de la paideia” es imprescindible, ello se debe a que todavía no se ha concretado el proyecto democrático de lograr una sociedad autónoma constituida por individuos autónomos. Los individuos no pueden ser libres si no son libres de instituir una sociedad que promueva y proteja esa libertad. Recordando a Aristóteles podemos señalar: Que un mero cumplimiento del proceso democrático no garantiza en sí mismo ni el “Estado de la ley” ni el “Estado de derecho”.

En las mayorías democráticas no existe un poder coercitivo destinado a mantener a raya el disenso, no hay campos de concentración ni oficina censora, mientras que las cárceles repletas como están, no tienen celdas reservadas para los opositores políticos o los heréticos.

 




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