Me despido

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Por Octavio Rodríguez Araujo.-

Hace más de 50 años comencé a escribir en periódicos nacionales. En los últimos meses lo hice en Facebook pues en La Jornada ya no podía continuar, por dignidad y por coherencia conmigo mismo (digamos que aunque sigo teniendo acciones como socio fundador el periódico dejó de ser también mío o yo dejé de identificarme con él: no es el que fundamos en 1984).

Desde principios de los años 70 fui analista político (antes escribía sobre ciencia y cultura). Publiqué miles de artículos y por lo general fui crítico de todos los gobiernos y de los principales grupos empresariales. También denuncié, no sin temor, a organismos militares y paramilitares y a grupos delincuenciales. Apoyé por igual a muchos movimientos sociales que me parecieron en su momento no sólo auténticos sino defendibles por muchos conceptos. Con algunos de esos movimientos me involucré personalmente aunque de varios me distancié por posteriores diferencias. Todo transparente y público.

Antes del gobierno de Salinas de Gortari había censura en los periódicos, incluso en los que yo escribía, y no hubo uno que no desaprobara mis textos aunque fuera pocas veces. Pero se entendía porque así eran las reglas si uno quería publicar opiniones y análisis. Con Salinas dejó de haber intolerancia hacia la prensa (o disminuyó sensiblemente), quizá porque en su pragmatismo él hacía cuentas y llegaba a la conclusión de que entre tantos millones de habitantes unos miles de lectores no contaban en la opinión pública. Dicho sea de paso, Salinas tenía un dicho que se hizo famoso: “ni los veo ni los oigo”, en referencia a las expresiones de inconformidad que obviamente había. Tal vez tampoco nos leía (a sus críticos).

Zedillo, Fox, Calderón y Peña siguieron el mismo estilo y nunca hubo censura o personalmente no la sufrí si acaso la hubo en algún lado. Tampoco fui amenazado por lo que escribía ni tuve la sensación de que alguien del gobierno, de la iniciativa privada o de grupos políticos se metiera conmigo.

Como analista político fui adquiriendo poco a poco una progresiva sensibilidad por los signos del poder. Y, por primera vez en medio siglo, he sentido desde hace pocos meses que la libertad de expresión está en riesgo, no de desaparecer pero sí de ser ultrajada si lo dicho o escrito cuestiona las políticas y las decisiones del poder. Quizá por la edad y porque carezco de un medio que me proteja (como hace años, a diferencia de ahora, lo hacía La Jornada con sus colaboradores), he llegado a la conclusión de que ser crítico en la actualidad tiene consecuencias y que éstas pueden no ser las deseables para continuar mi vida como la he tratado de conducir por décadas y sin traicionar mis principios.

Por lo anterior, he meditado a profundidad y he concluido que si vuelvo a publicar algo en esta página será sobre temas que no me lleven a temer alteraciones a mi estabilidad. He trabajado muchos años y en los que me quedan de vida quiero estar tranquilo y sin resquemores. Recientemente, además de las amenazas no muy veladas desde el poder, recibí una gigantesca ola de bots que automatizaron, en perfecta sincronía, respuestas a un artículo en Facebook que no gustó a los seguidores de Morena y de su principal líder. Yo no puedo contrarrestar ese tipo de agresiones, ni me atrae hacerlo. Ni siquiera es pelea, pero de serlo obviamente sería muy desigual. Ya no estoy para eso ni me interesa, no con necios ni mucho menos con los expertos en fabricar bots. No es capitulación, es simplemente que no veo que valga la pena. Confieso que nunca pensé que el triunfo de un movimiento que apoyé por muchos años se convertiría no sólo en una decepción sino en una amenaza a la libertad de expresión que disfruté por varias décadas, que han disfrutado muchos articulistas también.

Finalmente, agradezco de verdad a todos mis lectores que por muchos años, antes de la insensata polarización que vivimos en la actualidad, me han seguido en periódicos y revistas y que hasta han debatido con mis ideas y posiciones, siempre en un marco de respeto y de curiosidad por la verdad. Me retiro con la satisfacción de haber cumplido uno de los papeles que escogí en 1967 para acompañar mi vida académica. Con ésta continuaré y me despido de la que debiera ser la honrosa y libre actividad del periodismo de opinión.

 




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