¿Hacia dónde va la política exterior de Donald Tump?

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Estocolmo, Suecia.- Los diplomáticos estadounidenses acreditados en Europa (y en otras partes del mundo) están demostrando que son profesionales en el manejo del estrés y control de daños. ¡No saben con qué Twitter diplomático los va a desayunar su jefe, cada mañana!

Donald Trump, como presidente, ha demostrado en el corto plazo su gran habilidad para insultar la inteligencia de la comunidad internacional, establecer nuevos parámetros de política exterior y estructurar la más dinámica variedad de noticias ficticias y una andanada de mensajes controvertidos en su diplomacia Twitter .

Ahora el mundo se pregunta, sobre todo los jefes de estado y de gobierno de Europa: ¿Si les gustaría tener como aliado a Estados Unidos? No confían en el líder de la nación (aún) más poderosa del mundo. En parte porque su liderazgo es superfluo, zigzagueante, intimidante, audaz, incrédulo, ficticio, fatuo, ligero en pronunciamientos, nacionalista, globalifóbico y populista.

Economistas estadounidenses se encuentran, gracias a Trump, ante una encrucijada teórico práctica sobre los nuevos paradigmas de la trumpeconomics. Quizá se preguntan si la economía estadounidense es lo suficientemente productiva para funcionar globalmente o si vale la pena intentar sobrevivir dentro de un proyecto económico nacionalista.

Desde esta nueva perspectiva nacionalista es lógico decir: ¿Para qué un proyecto transpacífico o un acuerdo económico con la Unión Europea? Al final del día, Trump, alegará que se han aprovechado del trabajador estadounidense y de la “ingenuidad” de Estados Unidos. Porque antes de él, y de su fantástico proyecto económico, ¡Les vieron la cara a todos los líderes estadounidenses! Los acuerdos pre-Trump: fueron injustos y desventajoso para Estados Unidos. Ahora todo cambiará porque Mr. Trump, empresario y constructor de edificios, tiene la visión ausente, la que se fue con Keynes y ahora regresa con Peter Navarro (por cierto, mi ex profesor de economía).

El mundo ha aprendido, después de la Gran Guerra hitleriana, que la regla de oro es la globalidad; basada en las cadenas transnacionales de producción, el justo a tiempo, la transferencia de tecnología, la colaboración productiva y la reducción sistemática de los costos.

Me decía un alto ejecutivo de la empresa sueca Ericsson; que, en un momento, su principal problema fue competir globalmente contra “otros”, porque tenían que encontrar una batería minúscula, recargable y de gran durabilidad. Los estrategas de Ericsson buscaron a la empresa que tenía esa ventaja competitiva y encontraron a la compañía japonesa Sony. La colaboración, entre estas dos transnacionales, les permitió, por un momento, tener una ventaja comparativa que les colocó entre los primeros del mercado. Steve Jobs, cuando lo entrevistaron le preguntaron que buscaba en Apple, con una frase lo dijo todo: “Cambiar al mundo”.  Tomo Apple y lo hizo. El mundo cambió.

En pocas palabras, en la globalidad o eres productivo o pereces. La innovación, por mínima que sea, lleva a la productividad. Es algo que los clásicos consideraron como destrucción creativa.

Lo había dicho magistralmente Carlos Marx cuando abordó la acumulación del capital: “Mayor capital constante (tecnología y bienes de capital), mayor plusvalía. A menor capital variable (fuerza de trabajo), mayor plusvalía”. Lenin predijo lo que sucedería cuando el capital financiero se reprodujera a sí mismo: “Sería la fase superior del capitalismo”. Si ponemos estas dos tesis en la mesa, tomamos la experiencia de la Gran Depresión (de 1929-33), las magníficas recetas de Keynes y la visión del futuro económico de Joseph Alois Schumpeter, sobre los ciclos económicos y la destrucción creativa, e incorporamos, a nuestro modelo la ventaja competitiva de Michael Porter, tenemos, en síntesis: la globalización.

Cuando tomé el libro de Michael Wolff, Fire and Fury, Inside the Trump White House, pensé que me llevaría una semana leerlo, pero una vez que lo empecé no pude dejarlo. Es un verdadero manual sobre el perfil de Trump. No se puede leer una síntesis del libro, hay que leerlo todo porque retrata con claridad a quién ocupa hoy en día la Casa Blanca. Trump no es negociador, ni empresario, ni hombre de estado, es simplemente un bully. A quien ve débil, lo aplasta.

Desde que inició su presidencia no ha descansado en descalificar toda la política exterior de Estados Unidos desde 1945 a la fecha. Pero no desde una perspectiva de política exterior articulada sino en pronunciamiento tipo campaña electoral y cuando toma una verdadera decisión lo hace de manera equivocada y pierde el control sobre los resultados. Su dinámica es hacer y enmendar, en ciclos repetitivos.

De manera consciente o inconsciente ha cedido la iniciativa estratégica del entorno mundial a Rusia. Al ceder la agenda global, Estados Unidos, deja de ser un actor relevante en la lucha contra el terrorismo, el cambio climático y los delitos cibernéticos. Y abre la puerta a las batallas comerciales, a la violación de los derechos humanos, al uso de la fuerza para resolver las controversias internacionales, a las actitudes xenófobas y al ninguneo de la agenda de género.

Su agenda de “Hacer América Grande Otra Vez”, se convierte en un marco de intolerancia a la diplomacia y a la negociación comercial. Inicia grandes batallas que hace décadas fueron ganadas. Argumenta problemas que ya no existen. Por ejemplo, habla de la barda fronteriza cuando la migración mexicana ha disminuido drásticamente, en parte debido a los cambios demográficos en México. Impone restricciones al libre comercio que beneficia altamente a los consumidores estadounidenses, establece restricciones a la inmigración de talentos fundamentales para que la economía del conocimiento de Estados Unidos siga creciendo.

Termino con la pregunta. ¿Cuánto tiempo le llevará a Estados Unidos recuperar, nuevamente, la agenda global, la política exterior de diplomacia pública y la productividad?.

 

Por Dr. Jorge Navarro Lucio, Corresponsal Internacional.

 




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