El error de Limantour

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A fines del Siglo XIX nació entre los banqueros de Nueva York, EU, la ambición de convertir a EU en una potencia imperial.

En el curso de la década de los años 1850, el Norte de EU se industrializaba rápidamente y era del interés de la industria y de la banca del Norte que se legislaran tarifas de importación para proteger a su industria contra las manufacturas de los gigantes industriales Gran Bretaña y Francia. Por otra parte, el Sur de EU, que era principalmente región agrícola, tenía gran necesidad de importar bienes manufacturados en Europa y por lo tanto, rechazaba la legislación que buscaba el Norte, que le encarecería sus importaciones indispensables.

El conflicto de intereses se cerró y no hubo otra opción más que una guerra para resolver el asunto. Como los pueblos no se van a la guerra por motivos tan pedestres como conseguir la aplicación de tarifas arancelarias, fue necesario inflamar los ánimos y hacer hervir la sangre de los norteños contra la infame crueldad de la esclavización de los negros en el Sur. Con esa bandera, el Norte luchó contra el Sur y finalmente lo subyugó, en la Guerra Civil que duró de 1861 a 1865.

Para 1890, la derrota del Sur había quedado atrás y el gobierno de EU se había consolidado con un único gobierno federal para todos los Estados de la Unión Americana.

Los banqueros de NY no tardaron en contraer el virus del imperialismo, con la idea de que “Gran Bretaña tiene un imperio mundial; son nuestros primos, y a la par con ellos podremos establecer nuestro propio imperio mundial. Sin duda, un imperio mundial es nuestro Destino.”

El deseo de ejercer poder imperial se manifestó con la Guerra Contra España, que se desató en 1898 cuando operativos secretos de EU hicieron estallar una bomba dentro del barco de guerra norteamericano “Maine”, anclado a la sazón frente a La Habana, Cuba; el estallido logró su propósito: se culpó a España del horrible atentado y se utilizó a la prensa para incitar el coraje de los norteamericanos; El gobierno de EU accedió al clamor popular que exigía venganza y declaró la deseada guerra con España. España perdió la guerra, que le costó la pérdida de Filipinas y las posesiones españolas en el Caribe.

A principios del Siglo XX, la atención de los banqueros de NY se dirigió hacia América Latina. Se decidió que la mejor forma de atar el destino de América Latina a los EU sería por medio de una “Reforma Monetaria” de sus sistemas monetarios, que por siglos habían tenido como base la plata. La Reforma Monetaria tendría como propósito ostensible modernizar y unificar las economías de América Latina e integrarlas al sistema monetario mundial del patrón oro, cuyo centro operativo comercial era Londres. Los países de América Latina ofrecerían mayor incentivo a las inversiones extranjeras si operaran bajo el patrón oro, y de esta forma acelerarían su industrialización y lograrían un mejor nivel de vida para sus poblaciones.

Para lograr esta Reforma Monetaria, la banca de NY envió unos expertos en temas monetarios a América Latina, como promotores de la propuesta Reforma, con Charles A. Conant al frente; a éstos, la investigadora Emily S. Rosenberg, de la Universidad de Harvard, ha denominado “misioneros financieros” en su fascinante libro “Financial Missionaries to the World: The Politics and Culture of Dollar Diplomacy, 1900-1930”, publicado por Harvard University Press.

A partir de 1896, cuando EU se comprometió firmemente con el patrón oro, el Ministro de Finanzas mexicano José Yves Limantour había comenzado a hacer planes para que México adoptara el patrón oro, planes que se consumaron en 1905.

Sin embargo, el plan de Limantour presentaba un problema para México: el país entero funcionaba a base de moneda de plata y no era posible hacer un cambio repentino al oro como su dinero.

47_278Fue necesario, por consiguiente, buscar la forma de integrar el oro como moneda mexicana, con la masa de moneda de plata en circulación, de tal manera que se usaran ambas monedas en forma paralela.

El dólar de oro de EU se había definido como sigue: $20.67 dólares la onza Troy de oro, que contiene 31.1 gramos de oro; luego un dólar representaba 1.505 gramos de oro (31.1/20.67 = 1.505 gramos)

El dólar de plata de EU contenía 24.1 gramos de plata, y el peso de plata mexicano en la época de Don Porfirio contenía 24.4 gramos de plata. De tal forma que la paridad peso/dólar era prácticamente 1:1.

Evidentemente, Limantour quiso evitar los fuertes problemas políticos que se presentaron en EU cuando adoptó el patrón oro: en el agro americano prevalecía el uso de la plata como dinero y el campesinado no contaba con oro para comerciar sus productos y hacer pagos. En la elección de 1896, el candidato a la Presidencia de EU William Jenings Bryan se declaró enemigo del patrón oro con un famoso discurso, en el cual clamaba: “¡No crucificareis a la humanidad sobre una cruz de oro!” Probablemente para evitar ese problema político, Limantour fijo el contenido de oro del nuevo peso de oro mexicano en 0.75 gramos de oro – la mitad del oro en el dólar de oro de EU – y la paridad del peso mexicano con el dólar americano bajó a 2:1.

Las tablas históricas nos dicen que el precio promedio de la plata en 1905, fue de 65.5 centavos americanos por onza Troy. 65.5/31.1 = 2.106 centavos por gramo. 2.106 X 24.4 gramos de plata en el peso porfiriano = 51.39 centavos americanos. El peso de oro, con 0.75 gramos de oro, valía la mitad de lo que valía el dólar de oro, o sea, 50 centavos americanos. De tal forma que en 1905, parecía viable la coexistencia en circulación monetaria del peso mexicano de plata con el peso mexicano de oro: valían prácticamente lo mismo.

Sin embargo, para 1907 el precio de la plata había caído a 56.2 centavos americanos la onza, con el resultado que el peso de plata mexicano valía solamente 44.09 centavos americanos, mientras que el peso de oro seguía valiendo 50 centavos americanos – una baja de 12%.

En 1908, prosiguió la caída del precio de la plata, y el peso mexicano de plata sólo valía 38.75 centavos americanos; el peso mexicano de plata valía 22.5% menos que el peso mexicano de oro, que valía 50 centavos americanos.

En 1909, repuntó un poco el precio de la plata, y el peso mexicano de plata valía 17% menos que el peso mexicano de oro.

En 1910, el peso mexicano de plata valía 13.24% menos que el peso mexicano de oro.

La intención de Limantour fue que el peso de plata y el peso de oro valieran lo mismo y que ambos circularan sin problema, pero el mercado de la plata frustró sus intenciones. Legalmente, era intercambiables, pero en realidad, el peso de plata valía menos que el peso de oro en los años subsecuentes a la introducción del patrón oro a México.

Naturalmente, la población mexicana comenzó a comprar monedas de oro con monedas de plata; se convertían monedas de plata que valían menos, por monedas de oro que valían más, pero que legalmente valían lo mismo. El público, al entregar pesos de plata a cambio de pesos de oro, lograba una utilidad en el cambio. Este proceso de conversión dio pie a una escasez de monedas de plata, que eran el sostén indispensable de la economía agrícola de México. El mercado de la plata había asestado un importante golpe a la economía mexicana.

Para poner alto al flujo de monedas de plata que recibía Hacienda y a la correspondiente sangría de reservas de oro a cambio de la plata recibida, Limantour decidió que era necesario elevar el valor de la plata mediante la restricción de la acuñación de cantidades adicionales de plata: Limantour pensaba que al elevar el poder adquisitivo del peso de plata hasta igualar el poder adquisitivo del peso de oro, cesaría la sangría de oro de las arcas de Hacienda. Esta medida fue un segundo golpe, todavía mayor, a la agricultura nacional: al escasear artificialmente la plata, tuvieron que caer los precios de productos agrícolas, lo cual puso en aprietos económicos a los hacendados del país. Limantour había, en efecto, programado una “deflación de precios” en agro mexicano, que operaba en base a la plata, no en base al oro.

Cuando llega la deflación, caen todos los precios. El salario es el precio del trabajo, pero el salario de los trabajadores no puede rebajarse sin causar profundo malestar político. Simplemente, era imposible decirle al peón “te pago menos plata, porque ahora vale más la plata”.

Los hacendados no podían ni despedir peones, ni bajarles el salario. La señora Rosenberg no lo dice, pero quizá los hacendados recurrieron como expediente de emergencia, a falta de plata para pagar salarios, a las “Tiendas de Raya” donde entregaban alimentos a los peones a cambio de fichas, en lugar de monedas de plata, de las cuales carecían para pagar salarios.

El malestar económico y la inconformidad política se apoderaron del país y estallaron en 1910, como todos sabemos. Las “Tiendas de Raya” han sido objeto del especial odio de la Izquierda; nuestra Historia no ha examinado el caso de las “Tiendas de Raya” desde el punto de vista de los hacendados, como una medida humanitaria para ayudar a sus fieles peones en un trance difícil.

Concluye Emily S. Rosenberg: “La reforma monetaria basada en oro [de José Yves Limantour] sin duda alimentó los agravios económicos que culminaron en la Revolución de 1910. Gobiernos revolucionarios a partir de 1910 deshicieron la reforma de Limantour y comenzaron a emitir cantidades crecientes de dinero de papel inconvertible.”

La realidad económica es que dentro del patrón oro, la plata no puede circular como moneda más que con un valor fluctuante, porque el mercado no permite una relación fija entre los dos metales. El error de Limantour consistió en ignorar esta verdad fundamental; como resultado de su error, México fue “crucificado sobre una cruz de oro” que contribuyó al estallido de la Revolución de 1910.

 

Por Hugo Salinas Price




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