El mundo está como en el año de 1790 otra vez

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Corría el año 1790 y la Asamblea Nacional revolucionaria en París estaba preocupada. Llegaban quejas de toda Francia de que el comercio se encontraba estancado, las ventas eran bajas, la gente no tenía empleo y había una gran escasez de dinero.

Eso era lógico, ya que todos los negocios se ralentizan cuando la fuente predominante de autoridad es cuestionada. Un año antes, la prisión de La Bastilla había sido tomada por una multitud revolucionaria y se lanzaban todo tipo de acusaciones contra el rey Luis XVI y su bella reina, María Antonieta.

Pero transcurría la “Era de la Razón” y las personas más educadas, inteligentes y razonables de Francia eran miembros de la Asamblea Nacional revolucionaria, que se reunía a diario en París.

La Asamblea congregó a sus muy educadas mentes, y llegó a la conclusión de que una escasez de dinero era intolerable y que había que hacer algo al respecto.

“¿Para qué tenemos cerebros altamente educados, si no podemos resolver el problema de la escasez de dinero? Sin duda alguna, la razón puede resolver este problema”.

Así que los miembros de la Asamblea Nacional analizaron el problema de la escasez de dinero y tuvieron una idea espléndida. “Vamos a fabricar el dinero necesario y las cosas irán de las mil maravillas”.

Así nació el “Asignado”

De la sabiduría colectiva de la Asamblea, el “asignado” surgió como una especie de bono respaldado por las grandes extensiones de tierra recientemente expropiadas por el Estado francés a la Iglesia Católica. ¿Y qué podría ser más sólido que el respaldo de las hermosas tierras de la Francia querida?

Pronto se imprimieron los asignados, con distintas denominaciones monetarias valuadas en francos de oro.

Al principio, los asignados circularon de forma y valor idéntico a las monedas de oro. Pero muy pronto el valor de intercambio de los asignados frente al oro comenzó a bajar. Entonces empezó una pesadilla que se prolongó por siete años.

La primera emisión de asignados no alivió la situación provocada por el estancamiento del comercio.

Así que una segunda emisión siguió a la primera, y luego vino otra, y otra. Al continuar las emisiones, el valor de los documentos caía más y más frente al oro.

Los muy inteligentes caballeros de la Asamblea decidieron que la baja del asignado respondía a maniobras de gente apátrida y malvada que tenía que ser castigada.

La Asamblea decretó que cualquier mercader debía ser castigado con prisión o incluso la guillotina, si se aventuraba a preguntarle a un cliente si iba a pagar por la compra de pan, en moneda de oro o en asignados. Los asambleístas crearon una red nacional de espías para cazar a los acaparadores de oro, confiscar el mismo y cortarles la cabeza a los transgresores.

Mientras tanto, los ciudadanos más inteligentes adquirieron enormes deudas en asignados, seguros de que el valor de estos se desplomaría. Con asignados prestados compraron todo tipo de bienes duraderos, como inmuebles, alhajas y obras de arte. Con el tiempo, el asignado perdió casi todo su valor y las deudas se esfumaron. Inmensas fortunas pasaron de las manos de una masa de ignorantes a los pocos que pudieron ver lo que estaba pasando.

Finalmente, la gente común de París se dio cuenta que el pan escaseaba. La hambruna azotó al país y el gobierno parisino tuvo que repartir raciones de pan a las multitudes, pan en mal estado, agusanado.

En 1797 Napoleón llegó al poder en Francia. Detuvo los planes de los muy educados caballeros de la Asamblea Nacional, y decretó que en adelante sólo el oro serviría como dinero.

En el centro de la Plaza Vendome, donde hoy se levanta una gran columna coronada por una estatua de Napoleón, una inmensa hoguera consumió pilas de asignados recién impresos y la maquinaria de madera que fabricó los papeles.

Los muy educados y eminentemente razonables hombres de la Asamblea Nacional consiguieron poner a Francia de rodillas. Pero ni uno solo de esos hombres, responsables del colosal desastre, dijo “nos equivocamos”.

 

2016: ¿Por qué vuelve a ser nuevamente 1790?

Porque como en Francia de 1790, hoy tenemos a un grupo de hombres arrogantes que dirigen la política económica mundial basándose en una construcción intelectual errónea. En 1790 fue el asignado. Hoy es el dólar y sus monedas derivadas.

En 1790, el oro era el enemigo de esos hombres arrogantes porque la depreciación de los asignados frente al oro revelaba la falsedad de ese pedazo de papel.

La Asamblea Nacional hizo lo posible por suprimir el uso de oro a través de la violencia en contra de sus poseedores. Hoy, el oro es otra vez el enemigo de los arrogantes amos: el valor del oro amenaza con exponer la falsedad del dólar irredimible.

En 1933, el valor del dólar en oro era de 1½ gramos.

Hoy, el valor del dólar es de solo 2½ centésimos de un gramo de oro.

Nuestros arrogantes amos luchan por mantener su construcción intelectual, la divisa irredimible que es el dólar, y evitar que se desplome a valores de milésimas y decenas de milésimas de un gramo de oro.

Pero el dólar se enfrenta inevitablemente a la misma suerte del asignado, que en 1797 cayó a un valor de cero gramos de oro. Y como las divisas del resto del mundo son derivadas del dólar, estas también serán inservibles.

El error fundamental en el pensamiento de los arrogantes miembros de la Asamblea Nacional francesa en 1790 fue la idea equivocada de que podían inventar dinero más adecuado que el oro para alcanzar la prosperidad de Francia.

Hoy, el error fundamental en el pensamiento de nuestros Amos del Universo es el mismo que cegó a los miembros de la Asamblea Nacional.

Están convencidos de que su modelo intelectual, el irredimible dólar, es mucho más idóneo que el oro para utilizarlo como dinero

La arrogancia de la mayoría de los miembros de la Asamblea Nacional en 1790 llevó a una postración total de la economía de Francia durante siete años.

Los arrogantes banqueros centrales de hoy en día sin duda nos llevarán a un mundo hundido en la postración económica. Pero no esperen que ninguno de ellos alguna vez diga “estuvimos equivocados”.

Así que es por eso, que vuelve a ser 1790 otra vez.

 

Por Hugo Salinas Price

 




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