El dominio de la paz

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Se cumplió la mitad del periodo presidencial del Poder Ejecutivo. Dicho con claridad: el Presidente Enrique Peña Nieto ya cursó tres años de ejercer el mando supremo del país y lo ha realizado sin recursos económicos suficientes para satisfacer la demanda de más de 112 millones de conciudadanos cada vez más atraídos por la residencia urbana, esto es, vivir en ciudades donde existen los servicios de agua potable, drenaje, energía eléctrica, combustibles, gas, escuelas incluidas las secundarias como mínimo atención médica básica, comprendidas las maternidades, acceso a la radio y la televisión y el soporte de la convivencia: la seguridad pública, aun lo elemental de dos tres policías.

La descripción de la demanda de servicios es con el propósito de establecer diferencias entre los requerimientos de hace una década y lo solicitado en la actualidad. Cierto, hay variantes establecidas como exigencia por el desarrollo de cada Entidad o de cada centro poblacional. Lo solicitado en Tecate o Mexicali no se parece a las peticiones de Oaxaca o de Coyuca en Guerrero.

Y es indispensable señalar cómo en los cuatro últimos sexenios, las dos entidades demandantes de mayor apoyo político y económico han sido Guerrero y Oaxaca. Así lo registra el obligado relevo de gobernadores en cada entidad; la mal entendida inquietud estudiantil en sus centros de estudio medio; el estatismo intelectual y académico; sin olvidar los periodos brillantes de la Universidad de Oaxaca, destacados en ciclos de conferencias de alto nivel cultural con la intervención de prominentes intelectuales invitados y por el considerable número de profesionales egresados.

Salvo esos dos focos encendidos como aviso permanente, en el resto de la república el predominio es el trabajo público y privado, ininterrumpido y propiciado por un factor ante el cual reaccionamos con indiferencia: el clima de paz prevalente en el país.

En este trienio gobernado por el Presidente Peña Nieto, los enfrentamientos armados permanentes han sido inexistentes. Separemos la delincuencia individual (robos, fraudes, despechos amorosos, resentimientos pasionales, secuestros, venganzas) de la existencia organizada de bandas armadas con propósitos de delincuencia sistemática organizada de gran calibre.

La calma cotidiana nos mueve a ignorarlos genuinos grupos contrarios al derecho y a la autoridad. Volver la vista examinadora a otras latitudes proporciona otro criterio.

Las mayores inconformidades o desajustes sociales se registran hoy en América del Sur: Colombia no concluye las conversaciones de paz con la guerrilla autodenominada FARC y esas pequeñas batallas la cumplen los diez años de enfrentamientos mortales. En el ahora, las conversaciones de paz entre guerrilla y gobierno realizas en Cuba, todavía no hacen vigentes los arreglos. Venezuela vive el desencuentro cotidiano creciente entre un gobierno creado y heredado por Hugo Chávez, muerto antes de consolidar su sistema gubernamental, representado por el presidente Maduro, mal visto y rechazado por la mayoría de la población, exasperada por el empobrecimiento de su, antaño riqueza petrolera y percibida con desconfianza internacional por sus nexos ideológicos con Cuba.

Chile, país tan apreciado por sus cualidades democráticas y culturales, no encuentra el paso institucional y su presidenta Bachelet, despertadora de tantas esperanzas tiene perdido su rumbo político y también económico. Perú ha disminuido cada día su paso económico y el mal momento le ha extraviado el buen rumbo nacionalista y la política se confunde con el mando familiar. Y Brasil, dueño de una simpatía universal y con recursos naturales que lo convierten en casi una potencia, tierra además de magníficos políticos, con una presidente mujer arraigada en el voto y en el aprecio popular, no advirtió o no supo o no quiso darle un mejor desenlace al tropiezo provocado por el descenso del precio del petróleo y se perdieron los equilibrios políticos y ni la figura de Lula, con arraigo legítimo en la masa, pudo detener la abierta y hasta ahora crisis política ya convertida en mayor debilitamiento económico. La presidente Dilma Rousseff busca coaliciones y alianzas para llegar hasta el lejano 2018, fecha ahora inalcanzable ya la que ella quizá no arribe.

Nuestro país no ha podido abatir su principal enemigo desde hace dos décadas: la pobreza; la ha detenido, la ha disminuido, pero no la ha vencido. Los factores negativos continúan inamovibles: el indetenible crecimiento de la población (pasamos los 12 millones), el progresivo decaimiento productivo de nuestro sector agropecuario, el lento paso industrializador, la ausencia de una política racional del sector alimentario; el lento paso industrializador; la orfandad de una política agresiva de empleo y una extremista conducta bancaria muy distante el financiamiento productivo.

Y frente a ese panorama, el gobierno federal, sin sometimientos ni uso de la fuerza, cumpliendo con absoluta puntualidad las fechas electorales, alentando la vida de todos los partidos políticos, mantiene la paz y la vida institucional, por sobre las pasiones y la gritería de quienes confunden ambiciones personalistas extremas, con la política de convencimiento.

El mayor mérito del gobierno federal es no haber permitido el aumento de los desajustes sociales, arma para lograr en forma cotidiana la prevalencia de la paz, sin el uso de la violencia ni la imposición de nombres o caprichos de individuos. La estrategia presidencial cotidiana ha sido ir cada día a cada Estado o población, sin medir distancias ni preferencia a conglomerados. La presencia presidencial no se limita al protocolo indispensable, el presidente está abierto a oír quejas, peticiones, inconformidades y hasta animosidades y sus reacciones siempre se han ceñido a lo permitido por la ley en bien de las comunidades.

Por si no bastara y con el convencimiento de ir a elecciones transparentes de 13 gubernaturas, incluida Baja California y 965 presidencias municipales, la parte más sensible de nuestro sistema de poderes, se agregó otra gira de alta importancia, la del Secretario de Gobernación, un genuino termómetro de la temperatura pasional de los Estados y ciudades. Hay medicina preventiva.

Y es anticipable el predominio de la política institucional sobre el capricho del gobernador o del cacique. Tampoco se pretendan los milagros: se postula lo que se tiene y la política tampoco es carrera de santidad.

 

Por Alfredo Leal Cortés




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