“El campo que yo conocí”, libro de Augusto Gómez Villanueva, Ex Secretario de la Reforma Agraria

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Cuándo le pregunto por qué escribió este libro: “El Campo que yo conocí”.- ‘La tierra, los hombres, la política’, Augusto Gómez Villanueva, todavía joven a sus casi 80 años de vida, responde con una sonrisa: “escribo para la historia; para dejar una huella de lo que se hizo en los seis años de gobierno del entonces Presidente Luis Echeverría Alvarez, en favor de los campesinos de México”.

Augusto, como le decíamos entonces, se presentó en San Jerónimo, en la casa del ex Presidente Echeverría, a entregarle el primer ejemplar de la edición de Porrúa; el ex Presidente recibió el ejemplar con una gran sonrisa y estuvo de acuerdo en que “éste contribuirá a enriquecer la historia agraria de nuestro país”.

Alrededor de la gran mesa redonda con manteles de papel picado de colores, se sentaron el gobernador de Chihuahua César Duarte Jáquez; el Secretario General de la Confederación Nacional Campesina, senador Manuel H. Cota Jiménez; el editor del libro, Miguel Angel Porrúa; el abogado Juan Velázquez; el Lic. Jorge Nuño Jiménez y dos de los hijos del ex Presidente: María Esther Echeverría Zuno y Benito Echeverría Zuno.

28-261El ex Presidente Echeverría agradeció al licenciado Augusto Gómez Villanueva quien fue miembro de su gabinete, en calidad de Secretario de la Reforma Agraria, este esfuerzo informativo y literario, que “quedará como una constancia accesible a la juventud actual y a los historiadores, de los trabajos realizados en el campo mexicano, en el sexenio 1970-76, en favor de millones de campesinos, en un esfuerzo por elevar la producción nacional de alimentos y materias primas en un marco de justicia social”.

El licenciado Augusto Gómez Villanueva, al iniciar su intervención, expresó que este libro, “El campo que yo conocí”, está dedicado a:

“A DON Luis Echeverría Álvarez, que me dio la oportunidad de servir desde la cumbre del poder a los campesinos del país, que me trasmitió su mística y su pasión de: «no dormir si no hago cada día justicia a los campesinos de México».

“A María Esther Zuno (la compañera), como cariñosamente la llamaba don Luis, y que lo fue también para la lucha campesina.

“A mis compañeros del gabinete del Ejecutivo 1970-1976.

“Al profesor Enrique Olivares Santana, que me transmitió su mística y su pasión por servir a los campesinos de Aguascalientes.

“A Alfredo V Bonfil y Celestino Salcedo Monteón, secretarios generales de la Confederación Nacional Campesina, dos guerreros que enaltecieron con su militancia y convicción, el servicio a los campesinos.

“A Alberto Cinta Guzmán, Felipe Galván Bartolini, Sergio Butrón Casas y Fernando Gutiérrez Aburto; quienes junto con Alfredo V Bonfil murieron en cumplimiento del deber”.

El licenciado Augusto Gómez Villanueva expresó también que:

“Este es un trabajo dedicado a los campesinos de México porque han sido la motivación de un intenso capítulo de mi vida. Su lucha la hice mía desde la Confederación Nacional Campesina (CNC). A través de estas páginas se conocerán aquellos capítulos que quedaron inéditos en su momento y que, por razones de Estado, sólo en parte trascendieron a los medios de información y a la opinión pública del país. Muchos de ellos ocuparon las ocho columnas de los diarios y las primeras planas de las revistas de circulación nacional; sin embargo, hechos de gran trascendencia fueron presentados con parcialidad, en forma incompleta o con deformaciones, desvirtuando u ocultando así la verdad de lo acontecido.

“Incontables amigos y correligionarios que convivieron a mi lado en diversos frentes del movimiento agrario, en la conducción social, la función legislativa o la administración pública, me motivaron a escribir y publicar las experiencias vividas en el campo de mi país, expuestos en una doble perspectiva: el liderazgo social que asumí al frente de la Confederación Nacional Campesina en 1966, y mi desempeño en la administración pública, en el cargo de jefe del Departamento de Asuntos Agrarios y Colonización en 1970, más tarde convertido en Secretaría de la Reforma Agraria en 1974; y con ello, dejar un testimonio escrito por los actores y ejecutores de la política agraria durante el sexenio 1970-1976, con el fin de aportar nuevos elementos de juicio que contribuyan al examen sereno de los acontecimientos en el campo de México.

“Es necesario aclarar que, a pesar de la insistencia de mis colaboradores y compañeros de trabajo de esa época, por largo tiempo consideré prudente no realizarlo, aunque con frecuencia tuviese el impulso contestatario de aclarar versiones calumniosas o deformaciones deliberadas acerca de la obra agraria de un régimen y, con ello, de la realidad de lo acontecido en el campo de México.

“Preferí que se serenaran los sentimientos de agravio o de estados de ánimo alterados de los grandes propietarios de tierras que al expropiarles las superficie que detentaban fuera de la ley, fueron afectados directa o indirectamente por una cuestión tan profunda, polémica y apasionante como es la Reforma Agraria, que sumaron a sus rencores acumulados y afanes de revanchismo una evidente concupiscencia de los grupos de poder económico y político; que de este modo confundían sus intereses materiales y ambición de poder, con sus propias frustraciones y resentimientos, consecuencia de los resultados de la sucesión presidencial de 1970.

“Es natural que un movimiento social tan profundo, en el cual se entrelaza la historia remota y contemporánea de México, mantuviese viva la lucha de clases en el campo del país, transformándolo en un escenario de permanentes confrontaciones y de intereses encontrados que abarcan el amplio espectro social del universo agrario, cuya compleja composición y contrastes trascienden más allá del pasado inmediato porque provienen de verdaderas pugnas ancestrales, avivadas, en algunos casos, por razones económicas que involucran viejas herencias de poder y dominio, y en otros, por el remoto origen de su afán de justicia y su acendrado amor a la tierra de sus mayores. En ambos casos, los estados de ánimo subyacentes emergen fácilmente, acicateados por alegatos jurídicos y morales en la defensa apasionada de reales o supuestos agravios y derechos conculcados sobre la tierra; de este modo nos enfrentamos a reacciones impredecibles y respuestas humanas, ya sea en los grupos indígenas, antiguos peones acasillados o jornaleros agrícolas, transformados en solicitantes, a en su contraparte, los más connotados «señores y dueños de la tierra».

“Queremos tierras, no papeles» era la demanda que unificaría a los campesinos. Los propios solicitantes se encargaron de multiplicar las denuncias sobre el latifundismo simulado y la reserva de tierras afectables que comprendían desde los viejos latifundios que habían logrado eludir la ley, hasta el neo latifundio familiar y el acaparamiento de tierras nacionales que, encubierta por toda la estructura jurídica (por ejemplo, el amparo agrario) protegió a muchos personajes de la banca, del sector empresarial, y político; familias enteras eran acusadas de violar la ley como poseedoras de sendos certificados de Inafectabilidad, expedidos sobre terrenos nacionales o de comunidades indígenas o bien existiendo solicitud de tierras, convirtiéndolos en intocables, a pesar de la evidente concentración del provecho y los beneficios derivados de la explotación de sus tierras.

“El Campo que Yo Conocí”, nace de los relatos que me hicieron los campesinos, así como de mis notas que describen las vivencias con los líderes naturales del gran espectro del mundo rural: ejidatarios, solicitantes de tierras, dirigentes de comunidades indígenas, pequeños propietarios, industriales, comerciantes y financieros agrícolas. Este trabajo es fruto de un esfuerzo de recopilación y redacción, interrumpido en muchas ocasiones por el acontecer de nuevos sucesos que me apartaban de los propósitos iniciales.

“Su contenido lo he escrito a lo largo de muchos años, en los claroscuros de una vida en la que alterné la actividad política y la diplomacia, a veces en la soledad, en Roma o Nicaragua. En el periodo tan prolongado fuera de México, no fue fácil encontrar el tiempo para la reflexión dedicada a reconstruir con fidelidad esas vivencias”.

 

Por el Lic. Mauro Jiménez Lazcano, Director General de la Revista Macroeconomía




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