Felipe VI y la unidad

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Mi viaje a Cataluña coincide con la proclamación de Felipe Juan Pablo Alfonso de Todos los Santos de Borbón y Grecia como el Rey Felipe VI de España. La noticia da la vuelta al mundo, las televisoras de alcance nacional dedican amplios espacios para cubrir el evento en el Palacio de la Zarzuela, en Madrid, al cual asisten como invitados diversos personajes relevantes del país, dentro de los que se encuentran artistas, científicos, deportistas y, por supuesto, políticos.

Allí se encuentra el Presidente de la Generalitat de Cataluña, Artur Mas, quien ha decidido acortar una gira por Estados Unidos para asistir al evento y quien, al finalizar el discurso del nuevo Rey, guarda solemne silencio, permanece inmóvil, no aplaude. Tampoco lo hace su homólogo, el presidente del país vasco, Iñigo Urkullo. Ambos líderes de las comunidades autónomas con mayores intereses independentistas de España están presentes, por respeto institucional, pero no celebran el discurso, luego explicarán, porque no advierten haber escuchado en el texto nada nuevo.

Más allá de la crisis económica en España (que en las calles no alcanzo a ver como lo puedo hacer en las calles de México), del mal momento de popularidad por la que atraviesa la monarquía española tras los escándalos de corrupción de la Infanta Cristina y de su esposo Iñaki Urdangarin, así como los eventos de caza de elefantes y conquistas de Don Juan Carlos; seguramente el reto más importante que tendrá que enfrentar el nuevo Rey de España será precisamente el de la unidad.

En el interior de Cataluña, mientras uno se aleja de su capital, Barcelona, va creciendo el número de esteladas, banderas independentistas catalanas, que cuelgan de los balcones y que promueven la consulta popular por la independencia de España. Eso, la independencia de España, la cual se perdió hace 300 años, según narra la Historia, tras la capitulación de Barcelona en una guerra que terminó el 11 de septiembre de 1714 (el año explica por qué en los partidos del Barça en el Camp Nou se grita la palabra independencia precisamente en el minuto 17 con 14 segundos).

Desde entonces, el sentimiento independentista ha existido. Sin duda, al paso del tiempo ha ido ganando mayor fuerza. Hoy, tres siglos después del fin de aquella guerra, pregunto en las calles de los sitios que voy recorriendo en la Cataluña interior y profunda sobre la consulta ciudadana por la independencia. Aquí la mayoría piensa que estarán mejor sin España, que hoy subsidian zonas menos desarrolladas del país y que no reciben de parte del Estado el tratamiento que merecen. Más allá de lo político, valoran su identidad, cultura y lengua propias.

En este contexto, me recibe con amabilidad en sus oficinas el empresario Ramon Royes, actual alcalde de Cervera, una población cercana a los diez mil habitantes, ubicada en una zona conocida como la Segarra. Me habla sobre los retos que enfrenta Cervera, tales como fortalecer la autoestima de la población y generar mejor economía a través de un mejor posicionamiento turístico. Le pregunto cómo considera que juega la población en el marco de la consulta catalana. Me responde que comprometida, a nivel total.

Hablamos de la factibilidad jurídica y política de la consulta. Reconoce que es difícil que se lleve a cabo. Le cuestiono si Cataluña perdería sinergias en caso de separarse de España. Me dice que hay estudios que demuestran que no. Le cuestiono qué pasaría si se logra la independencia, cuál sería el primer paso. Me aclara que es un tema que está definiendo el Consejo Asesor para la Transición Nacional. La planeación estratégica está en marcha.

Antes de despedirme, le pregunto su opinión personal sobre la monarquía. Me responde lo que casi todos, aquí en Cataluña (en donde por cierto están prohibidas las corridas de toros) me han dicho: útil en el momento de la transición democrática tras la muerte de Franco hace cuarenta años, hoy obsoleta.

Nos despedimos con cordialidad. Camino por las calles de Cervera, al lado del Carreró de les Bruixes, con la palabra obsoleta en mente. Anochece, la temperatura desciende y el viento es frío. Me resguardo. Busco en Internet el discurso del nuevo Rey, lo leo completo, desde el agradecimiento que hace a sus padres, hacia la promesa de un monarquía renovada y para todos, hasta la despedida final en la que expresa la palabra gracias en castellano, catalán, vasco y gallego. El discurso me parece bueno, pero si de una cosa estoy seguro, es que hoy, más que nunca, las palabras serán insuficientes. El Rey tiene la opción, tal vez no constitucional pero sí histórica, de pasar de las palabras a la acción y de fungir como un mediador entre los intereses españoles y catalanes. Quizá Felipe VI esté a tiempo de trabajar por la unidad durante su reinado.

Ya cansado del debate emocional de la independencia, que en México puede resultar un tanto ajeno y difícil de entender, prendo la televisión para distraer la mente. Aparece entonces una noticia que muestra al Rey Felipe VI en un desfile por las calles de Madrid, las cuales lucen abarrotadas y llenas de banderas españolas. Apago la televisión, ya en silencio vienen a mi mente las palabras del poeta Jaime Sabines: “aquí no ha pasado nada, comienza nuestro reino”.

Por Edgar Robledo Herrera
Cataluña, España, Europa.




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