Gabriel García Márquez

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Todo periodista está de luto. Murió uno de los suyos, Gabriel García Márquez, como lo han comunicado todos los medios del mundo, sin importar idioma o sistema político. De origen colombiano, él confesó: “Toda la vida he sido un periodista. Mis libros son libros de periodista aunque se vea poco. Pero tienen una cantidad de investigación  y de comprobación de datos y de vigor histórico, de fidelidad a los hechos, que en el fondo son grandes reportajes novelados o fantásticos, [porque] el método de investigación y de manejo de los hechos es periodista.”

García Márquez, siempre asumió el oficio, la diferencia fue el acrecentamiento del reportero a relatar una fantasía sumergida y bañada en la realidad. Así surgieron sus cuentos, novelas, guiones cinematográficos, con la singularidad de que paisaje y personajes no se desvanecen al cerrar la última página del libro. Transformados en parte de nuestros medios circundantes, el mensaje de la palabra mágica se graba en nuestras reacciones y en nuestra memoria.

El reportero de El Espectador, de El Heraldo de Barranquilla, El Universal de Cartagena, da el paso natural esperado y se convierte en el gran narrador de la América selvática, cálida, disminuyendo su pobreza con el alimento de los sueños, en el drama de generaciones afanadas en la búsqueda de afianzar su libertad política –aunque no sea cierto-, de vivir con intensidad el amor y regocijarse en las tradiciones.

Gabriel García Márquez, repite el camino de sus antecesores: periodistas y luego novelistas. Los tres casos mayores: Ernst  Heminway y John Hersey, ambos norteamericanos y creadores de relatos épicos: Heminway hizo una realidad de la guerra civil española en Por quién doblan las campanas y Hersey capturó el gran drama de la injusticia y asesinato colectivo realizado por los nazis en Varsovia, convertido en una novela excepcional denominada El Muro, testimonio estrujante de la miseria humana, tanto de las víctimas como de los verdugos.

Con gran razón, un diario tituló el velatorio en Bellas Artes como “despiden al mexicano de Aracataca”. García Márquez tuvo en México al país donde laboró, creó, residió, hizo amigos incondicionales de su doble calidad: la humana y la literaria.

Nunca fue turista o visitante. Desde el primer día fue mexicano sin darle la espalda a Colombia, al contrario, su barrio de San Angel se convirtió en la plataforma de lanzamiento del realismo mágico colombiano; en sus centros de trabajo, jamás nadie lo consideró un extraño; y en su circulo íntimo, formado por sus paisanos, siempre estuvieron presentes en igualdad de aceptación y afecto, nuestros connacionales.

Esa fue parte de la universidad de Gabriel García Márquez: Barranquilla, Cartagena, Aracataca, día a día estuvieron en el ánimo y la inteligencia del ciudadano y del escritor. Y también día a día, se interesó por México, por la literatura nacional, por sus periodistas y cineastas, hasta confundirse como uno más, guardando el respeto a la consideración natural a su país, iniciando en San Ángel y continuando en los festejos amistosos celebrados en cualquiera rumbo del Distrito Federal, con sus amigos y pares, entre otros Carlos Fuentes y el no menos importante Álvaro Mutis.

Y llegó la consagración universal literaria, el Premio Nobel 1982 y él se presentó vestido como un colombiano, sin perder elegancia ni galanura y habló con palabras americanas nutridas de significado universal. Y después lo hizo en el ámbito exclusivista de los académicos de la lengua y sin amilanarse ni caer en la exageración, propuso modificaciones a fondo en las reglas gramaticales, propuestas lógicas, no ignoradas, no despreciadas, simplemente los académicos optaron por no ejercerlas. Muchos, genuinos burócratas de la literatura, temían por el resultado práctico: ellos serían los primeros en desaparecer.

Las propuestas están ahí, siguen vivas, el autor de la célebre novela Cien años de soledad la que popularizó e hizo conocido al novelista nacido en Aracataca, en la Colombia de América del Sur de donde también un día llegaron al refugio mexicano, Pablo Neruda y la exepcional poetiza y maestra Gabriela Mistral. Se impone enfatizar que tanto Neruda como la Mistral fueron nativos de América del Sur y ambos también galardonados con el Premio Nobel de Literatura, reconocimiento indiscutible a la alta calidad de la obra literaria.

García Márquez fue autor político, regaló a los lectores del mundo otras novelas de gran aliento: El amor en tiempos del cólera, El Coronel no tiene quien le escriba, La hojarasca, El otoño del patriarca, entre las más notables, con las que terminó de cautivar y conquistar a millones de lectores (no es exageración, la suma de libros vendidos lo confirman) de nuestro idioma y de otros idiomas donde fueron traducidas: el inglés, el francés y el polaco, principalmente.

La vocación por las letras la ejerció desde la ventana abierta del interés social. En cada una de las líneas escritas por García Márquez siempre está el pueblo anónimo de sin previo aviso, saltar y se incorporan al argumento como piezas de un rompecabezas plagado de encantos, rondando a personajes inesperados, siempre reconocibles como parte de los inacabables estratos de la pobreza alimentada por la injusticia. Lo más abundante en esta América nuestra.

Y  Gabriel García Márquez se fue convertido en inmortal.

Por: Alfredo Leal Cortés




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