Heladio Ramírez pide a Peña Nieto “una profunda reforma en el campo”

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Palabras del Lic. Heladio Ramírez López en el Evento Constitutivo de la Organización de los Productores del Minifundio, celebrado en Santa María Ayú el 23 de Noviembre de 2013

Compañeras  y Compañeros  Productores:

Un capítulo importante en la historia de la Mixteca comienza hoy. Los productores con apenas un pedazo de tierra, han decidido unirse para buscar nuevas opciones y estrategias que generen no solo más producción y productividad en sus parcelas, sino que mejoren sus condiciones de vida y bienestar de sus familias. Durante demasiado tiempo el silencio y la inmovilidad marcó sus vidas; el paternalismo y la inercia les quitó su alma, atropelló su dignidad y aplastó sus sueños. Estos campesinos se constituyen públicamente hoy como la organización de los Productores del Minifundio. Lo hacen después de haber realizado un intenso trabajo de concientización como no se ha conocido y hecho en la historia de nuestra región mixteca.

La tarea ha sido extenuante; han ido recogiendo, una a una, las voces solas; las angustias sueltas; los reclamos dispersos. Pero el resultado de este activismo organizativo ha sido enriquecedor ideológicamente. Quienes han decidido pertenecer a este movimiento productivo, no lo han hecho por instinto, sino con la conciencia de lo que significa estar organizado. Vibra en ellos, el interés, la esperanza, el compromiso y la confianza en algo que nace. Saben que es el inicio de un nuevo combate que no admite ambigüedades ni menos confusiones. Sus mejores armas son sus ideas claras, su conciencia de clase y su visión de futuro. Luchan por elevar sus ingresos; desean una oportunidad para mejorar y asegurar el futuro, en especial de sus hijos; son trabajadores del campo decididos a sembrar el progreso para sus familias. Demandan la atención del gobierno no como un privilegio sino como una obligación constitucional. Quieren caminar con sus propios pies sabiendo de antemano que sus propósitos por sí mismos no resolverán mágicamente su profundo atraso, ni la mayoría de sus problemas, pero están convencidos de que si están juntos y unidos tienen posibilidad de vencer las estructuras de la desigualdad y el infortunio de su pobreza.

La organización de los Productores del Minifundio está integrada por campesinos productores de maíz, trigo, Jamaica, hortalizas, miel, de limón, papaya, frutales, los trabajadores del mar. Todos, junto con nuestras combativas mujeres productoras de traspatio Ita-yee, han decidido llevar a cabo una tarea impostergable: Superarse para ser competitivos; romper el laberinto de su soledad en un mundo que promueve acuerdos y multiplica vínculos; agregar valor a su producción; participar en el mercado nacional y de exportación; alcanzar la justicia, la equidad y el bienestar al que el abandono histórico les ha negado. No quieren jugar solos y quedarse a un lado mientras el mundo se transforma. No quieren seguir viviendo en sus comunidades pobres y atrasadas como si no pasara nada.

El pacto social que hoy se concretiza, es un ejercicio político de grandes dimensiones, por su hondura ideológica, su sentido social y económico, su trascendencia política. Esta organización de minifundistas no surgió del estado o por interés de alguna fuerza dominante. Surgió de la sociedad civil; de las entrañas del Instituto para el Desarrollo de la Mixteca, que es decir la Fundación Ayú. Sus propuestas no surgen de propósitos oscuros; de las cuentas alegres de la irresponsabilidad, sino de su determinación de combatir la enorme soledad en que se encuentran.

Lo que plantean es un cambio de fondo. Buscan nuevos caminos para su desarrollo. Hasta ahora, los pequeños agricultores de la región, como los minifundistas del país, no han tenido los espacios para discutir sus demandas, ni menos la fuerza política para lograr que sus problemas sean atendidos con eficacia. No hay en el país una política clara para el minifundismo que no sean los programas asistencialistas. En la formulación de los planes de desarrollo, los pequeños productores no son tomados en cuenta porque  son los no requeridos por el mercado; son los insignificantes, al mismo tiempo  se minimiza la voz de las mujeres productoras. Y sin embargo los campesinos  tienen propuestas. Su proyecto es de largo alcance. Se trata de un nuevo modelo económico para el minifundio que cambia de raíz los actuales modos de organización productiva;  induce la reconversión, la economía de traspatio, la apicultura; la agricultura por contrato; la compactación de las pequeñas parcelas ejidales para impulsar modernas empresas sociales; multiplica los proyectos no agrícolas en las tierras de uso común, donde se propone un esquema de asociatividad con el gobierno en una estrategia de riesgos comunes.

Quienes hoy se han puesto en movimiento, saben que el desarrollo no es un acto administrativo sino todo un proceso económico y social que requiere de una conducción, de una dirección política. Por eso en el Instituto para el Desarrollo de la Mixteca, le damos gran importancia a la formación de los liderazgos. Pensamos que la política es la única que nos puede abrir el camino de las respuestas. La política puede ser la llave maestra para despertar conciencias y abrir nuevas perspectivas al desarrollo de nuestra región, si somos capaces de apartarla de las degradantes prácticas  de la lucha de los intereses de los grupos y las facciones. Estamos conscientes de que la batalla hacia adelante será compleja, quizá muchas veces llena de incomprensiones y desconfianzas. Pero que vale la pena. Pensamos que para reconstruir este campo mixteco de la subsistencia necesitamos, antes que nada, el compromiso del gobierno, nacional, estatal y municipal, pero también las formas organizativas que deben sustentarse en una nueva conciencia campesina, en un pensamiento renovado.  Nuestras compañeras y compañeros quieren ser actores y protagonistas, no simples espectadores de la revolución productiva que estamos proponiendo para la Mixteca y los pueblos negros.

Esta revolución, significa entre otras posibilidades la de que nuestros productores minifundistas,  pasen  en el menor tiempo posible de comuneros de subsistencia, a la calidad de productores que trabajen en base a las exigencias, ritmos y reglas del juego que plantea la dinámica del mercado. No lo repetiremos nunca bastante: El progreso y éxito de nuestros pequeños productores será su competitividad; su capacidad para conectarse con el mercado nacional y el de la exportación. Pero para lograr ese elevado nivel de competencia, necesitan  tomar en sus manos los procesos productivos, y ajustar su mentalidad, su conducta, sus costumbres e incluso sus valores tradicionales si quieren salir como vencedores en el mundo de la modernidad.

El primer gran reto de la organización campesina que hoy se constituye, es lograr el tránsito del minifundio empobrecedor, al escenario del libre mercado; pasar de campesinos de la sobrevivencia, a productores con una visión empresarial; prepararse para provocar nuevas, creativas e inteligentes formas de gestionar, de proyectar alianzas con el gobierno en sus tres niveles y con otros sectores productivos; formar sus integradoras o agroparques; instalar sus centros de inteligencia para la comercialización y avanzar hacia la cultura de los negocios.

Esa es la idea que durante más de un cuarto de siglo se ha repetido reiteradamente sobre todo desde que abrimos nuestras fronteras a la competencia del libre comercio y a la realidad de la globalidad. ¡Que los campesinos se transformen en empresarios agrícolas! Ciertamente todos queremos lo mismo. Sin embargo nos preguntamos: ¿Cómo se podrá producir ese cambio en una nación libre y democrática como la nuestra, pero tan profundamente injusta y desigual? El tránsito de los productores de la economía campesina a la condición de agroempresarios, no se puede dar solo con los buenos deseos, por decreto, por arte de magia o por un milagro. ¿Cómo lograr éste propósito si el estado no los estimula y se ausenta; si la estrategia gubernamental para el campo siguiendo las orientaciones de un modelo económico que ya ha mostrado su fracaso lo arrincona a dos recetas: confiarlo todo al mercado y ejercitar el populismo social ante la pobreza?  ¿Qué sucede cuando el estado se retira, cuando desmantela las instituciones que apoyaban a los campesinos y queda como observador, a la distancia, dejando que el mercado resuelva los problemas?

En ambos casos, los minifundistas, desde la debilidad de su atraso y extrema pobreza, terminan como perdedores. Históricamente han sido los grandes agricultores, los que cultivan para la exportación los grandes beneficiarios de los subsidios gubernamentales, mientras la agricultura de subsistencia está condenada a la esterilidad de los programas asistencialistas que profundizan la desigualdad y propician la emigración.

¿Qué plantea el movimiento campesino del minifundio que hoy nace?

Pide que el gobierno luche a su lado para cancelar las asimetrías que los separan de la agricultura comercial, la de exportación. Los campesinos del minifundio quieren producir los alimentos que consume ésta nación, sí, pero necesitan en primer lugar que el gobierno los escuche y los atienda; requieren del Estado que los dote de la infraestructura productiva y social que sustente sus proyectos de producción y productividad; que les acerque las tecnologías; que los apoye en la construcción de las pequeñas obras de irrigación. Lo requieren para arreglar los caminos cosecheros intransitables; para que les facilite el camino de los créditos y los seguros; la asesoría técnica ante las plagas que acaban con sus cultivos. Porque de otra manera ¿A quién reclamar o ante quien quejarse por los costos cada vez más altos de los insumos; a quien pedir atención por los precios bajos que tanto daño hacen y que orillan al productor a la insolvencia que significa incumplir sus compromisos crediticios y ceder su producción a los intermediarios y coyotes?

El problema es grave, porque el sector rural de la subsistencia se siente desprotegido; los campesinos tienen pocas ventanillas donde ventilar sus asuntos, y cuando las encuentran, son rechazados por unas reglas de operación que los abruman con requisitos fuera de su alcance y de su imaginación. Aún más, la insatisfacción se acentúa cuando la burocracia no puede dar soluciones, amedrentada como está por sus propias reglas administrativas que los hace caer en la ineficacia de los subejercicios.

Es hora de reconocer que estos problemas persistirán y se agudizarán, si seguimos por el mismo camino; si no realizamos una profunda reforma del campo como lo ha anunciado el Presidente Enrique Peña Nieto; si no diseñamos y trazamos un realista proyecto de desarrollo rural.

Los países con éxito en su agricultura, como los E.U.; la unión Europea; China; o Brasil, reconocen al sector agropecuario como motor de crecimiento de su economía y por eso implementan sus políticas centradas en créditos; apoyos tecnológicos; asistencia técnica; apoyos a la comercialización y garantías de precios. Protegen a su sector agropecuario, porque saben que el sector agrícola, por lo general, no es rentable por sí solo; pero es estratégico. Asegura estabilidad social y autosuficiencia alimentaria.

En nuestro país,  poco se podría avanzar si no se diseñan programas, políticas e instituciones capaces de apoyar la transformación productiva y el desarrollo rural. No solo un nuevo ropaje legislativo, sino una profunda reforma estructural para el minifundio que de paso a instituciones renovadas, desburocratizadas, ágiles, modernas, capaces de responder a las necesidades y problemas de los campesinos y de aliviar el drama de los pueblos.

El punto clave está en cómo hacer de la justicia, la equidad y del desarrollo integral y sustentable de los pueblos y sus productores campesinos, la esencia de una política de estado. Cómo impedir que sean las leyes ciegas del mercado las que decidan el destino de las comunidades campesinas.

El movimiento de los Productores del Minifundio que hoy se constituye, se propone ser la fuerza organizada para evitar que los campesinos sean derrotados desde el surco por políticas que los ponen en desventaja en los espacios de la competitividad. Su propósito es impulsar un nuevo pacto social con el gobierno que les  permita participar, desde la planeación de sus cultivos hasta el apoyo para que puedan agregar valor a sus productos.  Su estrategia sostiene la tesis de la cooperación, de los acuerdos, de la responsabilidad compartida. Aplicar lo que saben y aprender de nuevo para revertirlo y colectivizarlo.  Esa es la esencia de la cooperación, del trabajo compartido, del valor de la solidaridad; de la búsqueda de objetivos comunes. Por eso se dispone a encabezar la estrategia de los productores mixtecos y de los pueblos negros para forjar alianzas con el gobierno, con todos los sectores productivos, con las Universidades; con los empresarios, con otras organizaciones de la sociedad civil organizada.

Señoras y Señores:

Nos alienta la presencia en éste acto constituyente del señor Gobernador del Estado. Para todos es una buena noticia. Sobre todo porque significa, entendimiento, comprensión y estoy seguro que solidaridad. Él más que nadie sabe de los agobios que hieren el corazón de nuestra región Mixteca; porqué se debilita cada día nuestro tejido social; se fractura nuestra cultura; se mueren nuestras lenguas; se van nuestros hijos; desaparecen pueblos con toda la grandeza de su mágica civilización.

El Presidente de la República le ha dicho a la nación que quiere construir el nuevo rostro del campo mexicano: que este sea un campo justo, productivo, competitivo, rentable y sustentable. La estrategia que plantea el Presidente es alentadora: estimular a los campesinos con incentivos productivos; cancelar los enfoques asistencialistas; implementar políticas públicas diferenciadas; elevar la productividad, aumentar el uso de fertilizantes y semillas mejoradas; incrementar las zonas cultivables de riego; abrir la llave del crédito; actualizar y simplificar las leyes; normas y reglamentos del sector. El hecho de que los señores diputados – y los que hoy nos honran con su presencia representan al sector campesino en el parlamento nacional – hayan aumentado considerablemente el presupuesto del Programa Especial Concurrente para el año 2014 orientando un porcentaje importante a la política de producción y productividad en el sector rural, apoya la certeza de las promesas presidenciales.

No ocultamos que este movimiento surge lleno de ilusiones y esperanzas. Los campesinos participan en él, porque lo sienten como el embrión de una nueva utopía social; porque significa una esperanza de cambio; la urgencia de llegar a una nueva era de justicia; porque abandera la decisión de luchar de inmediato contra los males sociales que los derrotan desde las parcelas. No queremos solo amortiguar sus  dolencias; queremos las políticas diferenciadas que los ayuden a vencer su  adversidad histórica. Luchamos, desde esta modesta trinchera, del Instituto para el Desarrollo  de la Mixteca, por dar un cauce a la impaciencia colectiva del sector rural minifundista; reconstruir el contrato de confianza no escrito entre los campesinos y sus instituciones. Por eso caminamos en las comunidades indígenas para hablar con los campesinos y ponernos de acuerdo sin los envoltorios de la formalidad. Queremos cambiar y alterar las inercias que han encadenado al campo a la improductividad. Estamos haciendo del Movimiento de Expresión Política, la escuela que inicie a los jóvenes en el cultivo de la crítica, de la libertad de conciencia y del respeto a la verdad. No pedimos a nuestros niños “chispitas” sacrificios superiores a sus fuerzas, sino nos afanamos en acercarlos al futuro; con nuestros productores, nos movilizamos para vencer las fuerzas del atraso, con una nueva moral; luchamos por otra justicia y un nuevo estilo de vida.

Nos llenan de entusiasmo las proezas de nuestras mujeres productoras. Después de tanto ir y venir con las manos vacías en sus gestiones ante la burocracia; de sentirse minimizadas en muchas de las asambleas comunitarias que se rigen por sus usos y costumbres políticas; de vivir la frustración por las promesas incumplidas; decidieron compartir la visión de la Fundación Ayú y emprendieron bajo nuestros principios el camino de la organización productiva. Hoy integran, las miles de mujeres Ita-yee un frente muy combativo y participativo. Su trabajo, incluso en medio de la adversidad, se transforma siempre, en parte de un propósito mayor. Algunas de las compañeras, como las de Yetla o de una comunidad indígena del municipio de Chalcatongo que se atrevieron a incursionar al mundo de la agricultura protegida, sufrieron en sus invernaderos las consecuencias de la dureza de los fenómenos climatológicos. Las heladas primero y después las inundaciones arrasaron con su incipiente patrimonio. Esa adversidad, sin embargo, no logró romperlas por dentro. Los valores que anidan en su alma; la riqueza de sus reservas espirituales son fortalezas que les impidieron claudicar y hoy han vuelto empezar. Algo está pasando; algo ha comenzado en la Organización de las mujeres Ita-yee que ya nadie podrá detener.

Este ejemplo admirable nos deja una lección: lo esencial es que los pueblos tengan una clara conciencia de que para conquistar el progreso y el desarrollo es preciso luchar, no dejarse vencer por ningún obstáculo; por los agobios de las necesidades; por las intransitables reglas de operación de la burocracia o por la incomprensión de las políticas públicas en nuestros afanes de producción y productividad. Estar conscientes que nadie se salvará de la pobreza uno por uno, siguiendo el complejo camino del individualismo. Que las alianzas son vitales, porque ni las instituciones pueden hacer por sí solas el desarrollo, ni menos lo pueden lograr los pueblos aislados. O se salvan todos juntos siguiendo el camino del desarrollo o continúan en el túnel sin luz donde reinan las fuerzas que nos han empobrecido.

La organización de los productores del minifundio está a la puerta de algo grande: llegó la hora de cruzarla para construir nosotros, no otros, con nuestras propias manos, la justicia prometida. Ya nunca más bajaremos la mirada en silencio ante un modelo económico que se nos impuso desde lejos y que nos han despojado de nuestro futuro. Hemos aprendido en medio de nuestra adversidad que un pueblo sin voz, obedece, pero no crea; ruega, pero no exige; asimila pero no critica; se subordina y actúa como comparsa, por eso mata su dignidad. Un pueblo es grande, cuando piensa en grande y actúa en razón de su grandeza. “El flechador del sol es nuestro símbolo, y ya sabemos que los símbolos mueven montañas. Este héroe de la leyenda mixteca nos lanza hoy a la aventura más grandiosa: Hacer posible, lo imposible”.




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