Desconcierto y equivocación de economistas en la explicación de la crisis del mundo económico actual

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El desarrollo de la ciencia económica y el desarrollo de la astronomía comparten paralelismos interesantes.

Aristarco de Samos -la isla griega que fue cuna de Pitágoras- nació en el año 310 a.C. Aristarco colocó a la astronomía sobre bases que la habrían llevado a su correcto desarrollo: postuló al Sol como centro del Universo y a la Tierra como un planeta que gira alrededor de él, y que a la vez gira sobre su propio eje; y también determinó correctamente el orden de los planetas en su distancia con respecto al Sol.

Desafortunadamente, las nociones preconcebidas de Aristóteles sobre astronomía impidieron la aceptación de la teoría de Aristarco, y este pensador pronto fue olvidado. Sólo sabemos de su existencia gracias a que otros escritores, sobre todo Plutarco (c. 46 -120 d.C.), mencionan su trabajo.

Ptolomeo de Alejandría (c. 90 d.C. – c. 168 d.C.) recopiló un trabajo astronómico, el Almagesto, que se basó en el sistema geocéntrico de Aristóteles y su noción aceptada de  que los cuerpos celestes, siendo esferas perfectas, necesariamente tenían que moverse en círculos perfectos. El Almagesto proporcionó una tabla que permitió predecir con bastante exactitud acontecimientos celestes como los eclipses y la posición futura de los planetas en el cielo. En el sistema de Ptolomeo, los movimientos del Sol, la Luna y los planetas se describen a través de un complicado sistema de 54 círculos y epiciclos, que eran círculos sobre círculos.

El sistema elaborado por Ptolomeo fue aceptado como la autoridad principal en astronomía durante los siguientes 1,500 años, a pesar de que era una representación totalmente falsa de la realidad.

El sistema de Ptolomeo sólo fue cuestionado hasta Copérnico (1473-1543), y aún entonces con bastante cautela por temor a provocar el rechazo de la Iglesia Católica. Su obra, Sobre las Revoluciones de las Esferas Celestes, tomó la teoría de Aristarco (1,800 años después de su tiempo) y colocó al Sol en el centro del Universo. Copérnico recibió una copia de su obra publicada en su lecho de muerte.

Galileo (1564 -1642) apoyó la teoría de Copérnico. Según afirma Arthur Koestler, en su libro The Sleepwalkers, Galileo era un hombre muy temperamental, y aunque en su momento la influyente Orden de los Jesuitas ya estaba en general de acuerdo con Copérnico, Galileo ofendió innecesariamente al Papa Urbano VIII, quien reaccionó poniéndolo bajo arresto domiciliario por el resto de su vida y proscribiendo sus escritos sobre astronomía, que se colocaron en el Índice de Libros Prohibidos.

Finalmente, Kepler (1571-1630) colocó de nuevo a la astronomía sobre la ruta adecuada para su desarrollo. Kepler fue ayudante de Tycho Brahe, un excéntrico pero cuidadoso observador de los datos astronómicos; cuando Tycho murió, Kepler tomó los datos recabados por Tycho y, con mucha dedicación, complementada con intuición, desarrolló sus tres leyes sobre el movimiento de los planetas en sus órbitas alrededor del Sol. Es curioso que Kepler se haya disculpado al presentar su hallazgo seminal: que los planetas no se mueven alrededor del Sol en círculos, sino en elipses, uno de cuyos focos es el Sol; se excusó diciendo que se vio obligado a concluir que las órbitas eran elípticas y no circulares, porque los datos no se ajustaban a otra explicación.

No diremos más sobre esta batalla que se dio, entre los hechos astronómicos y las nociones preconcebidas, durante el desarrollo de la astronomía.

Ahora, volviendo al desarrollo de la ciencia económica comparado con la astronomía, hoy estamos presenciando, en el campo de la economía, una batalla intelectual que se parece al conflicto entre la idea de Ptolomeo, con sus 54 ciclos y epiciclos, y con la Tierra como el centro del Universo, y la idea de Aristarco, con el Sol en el centro del Sistema Solar y la Tierra y los planetas girando en órbita alrededor de él.

Uno se pregunta: ¿acaso la humanidad va a tardar siglos para aceptar la verdad en materia económica – la verdad de que el oro es el centro del universo económico y las monedas (como las conocemos hoy) giran en torno al oro, que constituye el sol del sistema monetario?

Por un lado, tenemos Benjamín Shalom Bernanke de la Reserva Federal, un Ptolomeo de la actualidad, postulando a su papel moneda keynesiano como centro del universo monetario; y por el otro tenemos a Carl Menger (1840-1921), que estableció el oro como centro del sistema, ahora secundado por el profesor Antal E. Fekete y su Nueva Escuela Austriaca de Economía, que sí toma en cuenta los hechos de la acción humana objetiva, como Kepler consideró los datos de los movimientos planetarios.

En todo caso, la vida humana se altera muy poco si creemos que el Sol gira alrededor de la Tierra, o si creemos lo contrario, que el Sol es el centro del Sistema Solar. Sin embargo, la vida humana y la civilización dependen de aceptar el teorema económico inicial correcto: que el oro es el centro del sistema monetario, y de aceptar el corolario de ese teorema: que las monedas de papel actuales son meras abstracciones creadas por el intelecto, cuyo valor se basa completamente en simple fe.

La ciencia económica no puede desarrollarse y no puede ser de utilidad para la humanidad, a menos que tome como punto de partida el hecho de que el oro es dinero y es el centro del universo económico. A menos que partamos de este hecho, la ciencia económica carece de validez y todo orden en la vida humana se derrumba.

Desafortunadamente, todas las autoridades académicas aceptadas y reconocidas hoy en día, están tan equivocadas en materia económica, como Ptolomeo estaba equivocado en astronomía durante el Siglo II, con sus 54 ciclos y epiciclos. Nuestros ‘economistas’ académicos están desconcertados y no pueden ofrecer una teoría coherente para abordar con eficacia el mundo económico. Sólo pueden experimentar con una humanidad indefensa en su intento de hacer que el mundo funcione de acuerdo con sus expectativas. Los economistas actuales no se comportan como científicos en absoluto.

¿Qué se requerirá, y cuánto tiempo será necesario, para derrocar esta influencia perniciosa de los académicos equivocados?

Por Hugo Salinas Price




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