Más que un Plan de Desarrollo, se requiere una Política de Estado para el Desarrollo

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En las últimas semanas y a raíz de las consultas nacionales llevadas a cabo para la elaboración del Plan Nacional de Desarrollo, surgió como premisa orientadora construir un México próspero, lo que implica, en palabras del Presidente Enrique Peña Nieto: incrementar el crecimiento económico y democratizar la productividad del país.

Este es un binomio inseparable en el que?descansa cualquier propósito de desarrollo?colectivo, la prosperidad del país requiere crecer a un ritmo suficiente para generar riqueza, pero esta riqueza debe alcanzar a todos los individuos, y la forma más eficiente es a través de empleos de calidad.

Ahora bien, con el fin de generar los empleos de calidad que el país necesita, se requiere de un fuerte impulso al desarrollo económico. Dicho desarrollo debe fijarse como objetivos.

Tasas de crecimiento anuales que oscilen entre el 6% y el 8%.?Flujos de inversión extranjera directa que superen los 40 mil millones de dólares anuales y de inversiones nacionales que dupliquen los actuales niveles, ambos de manera sostenida.?Mayor impulso a la Banca de Desarrollo, lo que ha quedado planteado en la reciente iniciativa de reforma financiera, presentada en el marco del Pacto por México.

Un primer elemento para esta tarea consiste en diagnosticar los problemas de nuestro país en cuanto a la falta de empleos de calidad. Se cerró el 2012 con un déficit de 2 millones y medio de empleos, lo que al sumarse a la necesidad de crear 1 millón 200 mil empleos cada año, como resultado del bono demográfico, tenemos que en los próximos 6 años hay que generar cerca de 9.7 millones de empleos o 1.6 millones de empleos nuevos cada año. Esto nos llevaría a contar con empleo pleno pero ello no significa que dichos empleos serán de calidad.

A fin de crear empleos de calidad, es necesario que estos generen valor agregado al desarrollo económico del país, por lo que es necesario impulsar la innovación en la industria nacional, por tratarse de la principal herramienta para dicha meta.

Una de las principales maneras para ello consiste en profundizar los vínculos entre el sector académico y la industria. Es necesario que el conocimiento que se genera en los centros de investigación y universidades se transfiera a las empresas para que éstas puedan transformar dicho conocimiento en valor agregado para sus productos, mejoren sus niveles de competitividad, contribuyan al crecimiento económico y puedan ofrecer mejores salarios y condiciones para sus empleados.

Dicha tarea debe acompañarse con el desarrollo de un entorno favorable para fomentar la innovación en el sector productivo mediante mayor integración de los investigadores y postgraduados en las empresas, incluyendo el incremento de los contratos de investigación encargados por las compañías a las universidades y centros de investigación y, permitiéndoles eventualmente a las universidades ir actuando como incubadoras de negocios.

Acciones como las anteriores han sido empleadas por otras naciones que apostaron por el conocimiento y la innovación como ejes para su desarrollo industrial y, por ende, generaron un mejor nivel para su población. En 1990, el PIB per cápita en dólares, a paridad de poder de compra, de México y Corea del Sur era 7,825 y 7,353 respectivamente, a la vez que se ubicaban en los lugares 46 y 34 dentro del ranking del Índice de Desarrollo Humano. Pero, la nación asiática ya había comenzado en los años ochenta con una política industrial de Estado enfocada al desarrollo cuya base sería la innovación “desde abajo”, es decir, preparar los mejores cuadros de profesionales para empujar el desarrollo del país.

Dicha tarea, comenzó con reorientar la oferta educativa a través de más becas a las áreas en ingeniería; impulsar la vinculación academia- industria, otorgando estímulos fiscales a las empresas que dediquen espacio a la investigación y ofrezcan pasantías para estudiantes de posgrado. Ello se complementó con un adecuado andamiaje institucional donde un único ministerio integra administrativamente todo el sector de Educación Superior con Innovación, Ciencia y Tecnología a fin de coordinar las políticas en la materia. Hoy encontramos que el PIB per cápita de Corea es de 29,997 dólares, mientras México alcanza 14,406 dólares, a su vez, Corea arriba al lugar 15 del Índice de Desarrollo Humano (IDH) y México en el 57.

En el caso de nuestro país, una primera acción para seguir dicho camino consiste en lograr la correspondencia entre las demandas de la industria y la oferta laboral. Actualmente en México, el 42% de la matrícula universitaria se centra en Ciencias Sociales y Leyes, y solamente el 9% en el área de Ciencias y 16% en las áreas de Ingeniería. Esto no corresponde con las necesidades del país, cuando se sabe que los sectores más competitivos de México se ubican en la manufactura y que somos el principal receptor de IED en desarrollo para la industria aeronáutica; no obstante, seguimos formando cuadros de profesionales en áreas sociales cuando el país requiere cuadros profesionales en áreas técnicas.

La generación de empleos de calidad pasa necesariamente por la articulación de una Política de Estado con visión a futuro y que funcione de manera transversal para el desarrollo del país. Ello implica ir más allá de planes sexenales que eventualmente pierden continuidad. Generar empleos de calidad debe dejar de verse como el fin último de los gobiernos, y ser visto como parte de un encadenamiento que lleva al desarrollo: Mejor Educación-Generación de Conocimiento-Mayor Competitividad Industrial-Empleos Mejor Pagados-Desarrollo. Si bien, son necesarias las reformas estructurales, éstas no son el fin, sino el medio, para construir un verdadero cambio se requiere la transformación holística de la sociedad.

Por Julio A. Millán B., Presidente de Consultores Internacionales S.C.




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