Reducir la dependencia petrolera de las finanzas públicas es una asignatura pendiente

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Durante la celebración del 75 aniversario de la expropiación de la industria petrolera, el Presidente de la República anunció que las reservas probadas de petróleo mexicanas, las que son posible extraer de manera rentable con la tecnología actual y teniendo en cuenta el precio internacional del petróleo conocidas como 1P, ascienden al inicio del 2013 a 13,868 millones de barriles de crudo equivalente (mdbp). En este contexto es oportuno preguntarnos para cuánto tiempo nos alcanza y así seguir viviendo del mismo. Y decimos viviendo del mismo porque por más reformas que se han implementado, la dependencia, sobre todo de las finanzas públicas no ha disminuido significativamente.

Estas reservas colocan al país entre los 20 primeros países del mundo en cuanto a volumen de reservas petrolíferas, pero muy lejos de Arabia Saudita con 1P de más de 260 mil mdbp, Venezuela que tiene 211 mil mdbp, Canadá con 175 mil mdbp e Irán e Iraq que tienen reservas probadas que superan los 115 mil mdbp. Lo importante a resaltar es que éste volumen sólo nos alcanza para asegurar la producción de crudo durante 10 años. En un escenario tendencial, ello nos lleva a plantear que si no hacemos nada, en menos de una década pasaremos de exportadores a importadores netos de hidrocarburos. Situación que no está lejana si consideramos que, actualmente el abasto nacional de energéticos ya se está satisfaciendo con la importación de gasolina, gas y productos petroquímicos. Si bien nuestra balanza comercial petrolera es superavitaria, es de llamar la atención que las importaciones se hayan incrementado de 7,974 millones de dólares en el año 2000 a 41,139 millones en 2012, si bien habría que considerar el efecto de la variación de los precios.

En el contexto del futuro cercano, es importante traer al comentario el concepto de reservas totales o 3P que además de las probadas, suma a las probables (reservas no probadas pero con altas probabilidades de ser comercialmente recuperables) y las posibles (reservas menos probables de ser comercialmente recuperables que las probables), a principio de este año, este total equivale a los 44,530 millones de barriles equivalentes. Esto quiere decir que explotando lo no probado, apenas nos alcanzaría para otros 10 años de producción. El escenario se puede complicar más, si tomamos en cuenta que los Estados Unidos nuestro principal cliente, está buscando reducir significativamente su dependencia del petróleo.

En efecto, las estimaciones indican que nuestro vecino podrá reducir a la mitad su dependencia del petróleo proveniente del Medio Oriente para fines de esta década y podría eliminarla por completo para el 2035, ello como producto de una menor demanda por el uso de vehículos que consumen menos energía y un aumento en el suministro de combustible renovable, pero sobre todo al hallazgo de nuevas fuentes de crudo en el hemisferio occidental, en particular en su propio territorio. El avance tecnológico y las inversiones han conducido al descubrimiento de nueva fuentes en formaciones rocosas, arenas petroleras y, por supuesto, en las profundidades del océano. Según la Oficina de Información Energética de Estados Unidos para el 2020, casi la mitad del crudo que consume el país será producido internamente, a la vez que el 82% provendrá de regiones del Atlántico.

Esta situación implica sin duda profundas consecuencias no sólo para la economía norteamericana, también para la de los países productores como los de la OPEP y el nuestro. Una menor demanda norteamericana, conducirá a una sobreoferta que reduzca drásticamente los precios y por ende nuestros ingresos. No está de más recordar que las finanzas públicas mexicanas dependen significativamente de los ingresos petroleros. En el periodo 2000-2012 entre el 32 y el 35 % de los ingresos presupuestarios del gobierno federal han provenido del petróleo. Lo anterior muestra que no hemos hecho mucho por despetrolizar las finanzas públicas, lo que se mantiene como una asignatura pendiente y un posible escenario catastrófico.  Sin embargo, es claro que no podemos negar que la interdependencia entre la relativa abundancia de hidrocarburos y el desarrollo nacional seguirá siendo factor preponderante durante algunas décadas más, lo importante es alcanzar un equilibrio sano, vía el aprovechamiento y explotación competitiva de los recursos, pero también mediante la especialización y el incremento en el valor agregado de la producción. Esta es una de las metas de la necesaria reforma energética.

De igual forma es importante empezar a prepararnos para las tendencias futuras. La transición energética derivada de la necesidad de combatir los efectos del cambio climático está conduciendo a la introducción de innovaciones en la explotación y consumo eficiente y racional de los recursos no renovables, pero también al avance en la utilización de energías alternativas como lo son la solar, eólica, biológica, geotérmica e hidráulica. Nuestro país también debe avanzar en ello, tenemos petróleo sí, pero esté más temprano que tarde se va a acabar, máxime si no se invierte en buscar mayores fuentes. En este contexto, la reforma energética que se implemente más allá de permitir o no la inversión privada compartida con PEMEX, en la exploración, extracción y producción de petrolíferos, también debe incluir la inversión compartida en estas otras fuentes de energía, para las cuales nuestro país tiene también enormes potenciales.

Por Julio A. Millán B., Presidente de Consultores Internacionales S.C.




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