El ascenso de una nueva Clase de Dirigentes

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Ahora que asciende al poder la quinta generación del liderazgo chino, muchos de los analistas y sinólogos del mundo se preguntarán hacia dónde va este nuevo gabinete, cómo se relacionará con el mundo y cómo tratarán los temas álgidos que afectan las relaciones internacionales contemporáneas. Los nuevos dirigentes, el Presidente Xi Jinping y Primer Ministro Li Keqiang provienen de dos corrientes políticas preponderantes, hasta cierto punto, contrarias pero complementarias. Una, encabezada por Xi Jinping quien representa a la clase política de mayor peso dentro de las distintas élites gobernantes, conocidos como taizidang (príncipes) y; la otra, que lidera Li Keqiang de tendencia revolucionaria popular proviene de los llamados  tuanpais (populistas) o de la liga de juventudes comunistas. Durante las sesiones del XVIII Congreso Nacional del Partido Comunista, además de elegir a los nuevos gobernantes, también se seleccionaron a los integrantes del nuevo Comité Central (205 miembros, únicamente 10 mujeres), del Politburó (25 miembros, sólo 2 mujeres) y el Comité Permanente del Politburó (7 miembros, 0 mujeres).

Dentro del Comité Permanente del Politburó, de los 7 miembros, 6 corresponden a la corriente del octogenario Jiang Zeming y 1 aliado a Hu Jintao. Los apegados a la corriente de Jiang, están por el crecimiento económico acelerado del producto nacional bruto, la inversión extranjera directa, la participación activa de China en la globalidad y; los otros, los representados por Hu están por la distribución del ingreso, la justicia social y la sustentabilidad ambiental. Estas dos corrientes dicen más de lo que parece, porque al haber representaciones políticas distintas, digamos de rivales –contrarios pero complementarios-, se permite el país transitar preponderantemente por horizontes del crecimiento económico sostenido con tenues tintes de justicia social. La política exterior en ese sentido será más realista. Un terreno hasta ahora no explorado a plenitud.

Por ello, no es de extrañarse el sentido que han tomado los últimos acontecimientos conflictivos entre Japón y China que han transcendido en los medios de comunicación como resultado de la disputa por las islas Senkaku, llamadas así en japonés, o Diaoyu como las denominan en chino; pero en esencia, un tema que se inserta en las agendas políticas de ambos países. Es un conflicto visible y sensible para la historia reciente de ambos países. Para Japón el tema es materia de alianzas con Tailandia, Vietnam y Filipinas como medio de lograr el predominio geoestratégico en el sudeste asiático y consolidar al Partido Liberal dentro del esquema político doméstico. Para China, es una forma de insertar al Partido Comunista Chino (PCCh) dentro del contexto nacionalista; aunque es riesgoso ya que el nacionalismo para los chinos se traduce en exacerbar el sentimiento anti japonés.

Para China este conflicto significa además consolidar el control del corredor naval del pacífico y hacerse de derechos para explorar ricos mantos pesqueros y los yacimientos de petróleo que pudieran existir. A propósito de este conflicto, en un artículo anterior, he comentado que Estados Unidos debe mantenerse al margen de esta disputa y si acaso colaborar en la instrumentación de un dialogo estratégico sino-nipón. Otros países deberían mantenerse también al margen de esta importantísima y delicada situación geoestratégica, que debe resolverse regionalmente.

Regresando a las nuevas tendencias que se darán como resultado de la renovación del poder político en China; la quinta generación del liderazgo entrará a una nueva era caracterizada por la complementariedad en muchas de sus decisiones. Aunque es claro, que en la política interna la corriente que predomina hoy en día está a favor del crecimiento económico sostenido del PNB, la innovación tecnológica y colocar al país como  potencia relevante en la globalidad; sin dejar de lado aunque sea de manera sutil los esquemas de justicia social.

Lo difícil de implementar una política de justicia social estriba en la distancia misma en que se encuentran quienes pudieran operarla, la separación de seis a uno dentro del poderoso Comité Permanente significa un cambio no sólo en el reparto de posiciones de poder entre corrientes políticas distintas, sino que un “ganador” se lleva prácticamente todo, lo que le posibilita impulsar con mayor decisión la continuidad del proyecto de crecimiento económico potente de China. Los desequilibrios entre las diversas corrientes políticas de poder, en la parte superior de la toma de decisiones, obligan a Xi Jinping y a Li Keqiang a ponerse de acuerdo, para operar políticas acordes a la legitimidad que buscan los contrarios. Lo cual sin duda, se traducirá en una mayor unidad y cohesión dentro del liderazgo. Incluso, el reparto de la agenda política nacional pudiera ser más estructurada y programática, con mayor claridad, como el de hacer énfasis en temas de apertura y globalidad ya conocidos. En este sentido hay pocas posibilidades de que el país regrese o emprenda nuevas situaciones que pudieran poner en peligro el equilibrio de fuerzas. En este contexto, podemos insertar el tema de la disputa por las islas que reclaman Japón y China, como un tema coyuntural, lo que hace más factible, dentro de este escenario, que los liderazgos de ambos países se pongan de acuerdo. Ni el Primer Ministro japonés ni el Presidente chino estarán en posibilidades de amenazar su estabilidad geoestratégica y sociopolítica. En este momento y hasta que logren los beneficios políticos esperados, ambos líderes tratarán de prolongar el statu quo a fin de lograr implementar sus agendas políticas domésticas, las cuales en el largo plazo serán importantes para los esquemas de política exterior tanto de China como de Japón.

Con Xi Jinping a la cabeza, y debido al papel clave que desempeña China en la economía mundial y en la seguridad regional, la comunidad internacional debe aprovechar ahora estas condiciones para trabajar conjuntamente con el gigante asiático y disminuir aquellas tensiones que pudieran emerger como resultado de las pruebas nucleares de Corea del Norte, las dinámicas que surgen en Medio Oriente, los conflictos en África, etc. Ahora el crecimiento económico de China tendrá profundas ramificaciones con la estabilidad mundial que debe prevalecer.

Otro elemento importante de esta bifurcación política que se ha dado, como resultado del ascenso de la quinta generación, es que el sistema de gobierno de partido único incorpora un mecanismo de pesos y contrapesos en el proceso de toma de decisiones, que redirecciona aún más la tendencia hacia una mayor institucionalización de sus entidades de gobierno y de sus procesos políticos. Este mecanismo representa, en este sentido, incorporar un mayor equilibrio entre los poderes del ejecutivo, legislativo y judicial, que probablemente en un futuro abonen a una mayor democratización.

Estas dos coaliciones representan diferentes circunscripciones socioeconómicas y geográficas. La mayoría de los principales líderes de la coalición elitista, por ejemplo, provienen de políticos que iniciaron su carrera en ciudades costeras económicamente desarrolladas. La coalición elitista por lo general representa los intereses de los empresarios de China y de la clase media emergente. La mayoría de las figuras más importantes de la coalición populista, por el contrario, provienen de familias menos favorecidas. También suelen haber acumulado la mayor parte de su experiencia de liderazgo en las provincias menos desarrolladas del interior que lograron importantes posiciones debido a su pertenencia a la Liga de la Juventud Comunista de China, por lo que han ganado el distintivo de tuanpai, que literalmente significa “facción de esa Liga”. Estos populistas suelen hacerse eco de las preocupaciones de los grupos sociales más vulnerables, como los agricultores, los trabajadores migrantes y los pobres urbanos.

Entre los tuanpai y los taizidang, los líderes de estas dos facciones rivales, difieren más en forma que en experiencia, credenciales y trayectoria. Sin embargo, entienden la necesidad de comprometerse para convivir, sobre todo para sacar al país del subdesarrollo y alejar al mundo de los tiempos de crisis. En general, estos dos campos rivales mantendrán el equilibrio entre sus facciones más o menos en un reparto equitativo del poder. Algo para la reflexión es considerar que el Comité Central del Politburó Permanente anterior fue de nueve miembros, en una división de cinco a cuatro, con cinco escaños ocupados por la coalición elitista taizidang y cuatro por la coalición populista tuanpai.

Durante la gestión de la quinta generación se observará una repartición de responsabilidades que provienen de los pesos y los contrapesos de las corrientes representadas por taizidang y tuanpai. El gobierno que se organiza por lo tanto será estable y programático, pero sin duda el crecimiento económico estará en el centro de las políticas públicas.

Cabe hacer mención que en su momento, en un artículo que publiqué en MACROECONOMÍA, hace un par de años, indique que durante el XVIII Congreso del Partido Comunista de noviembre de 2012, emergería un equipo de rivales los cuales estarían representados por Xi Jinping y por Li Keqiang, mismo que hoy se ha convertido ya en una realidad. Para México, no sólo es importante saberlo sino entender que en el contexto de la quinta generación, la competencia por la participación en la globalidad será aún más férrea; y en este sentido el acuerdo transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés) será una importante arma estratégica pero sólo si incorpora a Japón en el esquema.

Por Jorge Navarro Lucio, Encargado de Negocios a.i., de la Embajada de México en Bangkok, Tailandia, observador permanente de ESCAP, Consejero de Asuntos Políticos de la Embajada de México en Washington, D.C., y actualmente candidato a Doctor en Ciencias de la Facultad de Economía de la UCOL con especialidad en relaciones transpacíficas.




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