Hacia un mejor país

215

Pasó la época de la violencia ensangrentada y en todo el país, la normalidad fue concurrir a las casillas a depositar el voto según la decisión del elector.

Se renovó la esperanza con Enrique Peña Nieto, anunciado por las encuestas como el número uno y confirmado el domingo electoral ya virtual presidente de la República.

Urgidos de acabar con la pobreza, casi 80 millones de conciudadanos ejercieron su derecho al voto para elegir al próximo presidente de la República (con inicio el 1° de diciembre venidero), a la totalidad del poder legislativo (los integrantes de las Cámaras de Senadores y diputados) y en cumplimiento de disposiciones homogenizadoras, también los habitantes de Jalisco, Guanajuato, Chiapas y Yucatán, votaron por el renuevo de gobernadores, ayuntamientos y Congresos Estatales. Una fiesta de ciudadanos con el objetivo de alcanzar el genuino progreso común.

Como es del conocimiento público, la mencionada movilización nacional la generaron los partidos políticos en uso de los derechos otorgados por la ley máxima, previa positura de los respectivos candidatos y de utilizar de acuerdo con sus capacidades imaginativas, como sus máximos y mejores abanderados a quienes convirtieron en candidatos a la presidencia de la República: Andrés Manuel López Obrador, Enrique Peña Nieto, Gabriel Quadri y Josefina Vázquez Mota, mencionados en orden alfabético, en obediencia a la elemental ética periodística.

Aunque en estricta verdad y análisis doctrinario, la genuina izquierda, como movimiento político hace mucho tiempo desapareció, a falta de ideas sociales novedosas o reivindicativas, algunos individuos y agrupaciones, por satisfacer afanes de notoriedad, se han apropiado de esa característica para diferenciarse en la competencia. A falta de mejores méritos, el Partido de la Revolución Democrática, Partido del Trabajo y la llamada coalición Movimiento Progresista, agrupaciones autodefinidas como de izquierda, designaron a Andrés Manuel López Obrador, exjefe de gobierno de la capital como su abanderado, pese a repetir ambición y encargo, por haber figurado como candidato hace seis años y resultar perdedor frente al actual presidente Felipe Calderón Hinojosa.

El elemento de mayor peso de la izquierda, es tener el gobierno de la ciudad de México, la más grande del país y en consecuencia toda la infraestructura gubernamental a su disposición, incluidas las relaciones con las directivas de los organismos nacionales –excepto los sindicatos-, como las agrupadoras de empresarios industriales, de comercio y de los millares de comerciantes ambulantes a quienes se les permite, contraviniendo leyes expresas, el desarrollo de actividades dañinas a la urbe, con particular acento en la venta de artículos fuera del control sanitario y fiscal.

Afanado por su carácter intransigente, por su poca cultura y sus tendencias demagógicas, Andrés Manuel López no ha evolucionado en su discurso. Al examinar sus mensajes de los últimos diez años, se comprueba la ausencia de nuevas ideas al servicio o para el mejoramiento de los estratos con menor poder adquisitivo. Y la máxima duda que despierta: ¿de qué ha vivido este sexenio?

Tampoco es hombre joven. Su primera incursión pública data de la década de los 80, cuando fue el líder estatal priísta en Tabasco en el sexenio de Salinas de Gortari. Poco después encabeza una caravana de inconformes del sureste, se apodera del Zócalo de la capital y es partícipe principal en una obscura negociación con el entonces gobernador capitalino, Manuel Camacho (frustrado candidato presidencial, hoy uno de sus principales asesores y operadores políticos).

Ya gobernante del Distrito Federal no consiguió transformaciones substantivas a favor de la gran mayoría de habitantes; su máximo acierto fue instituir la “pensión alimentaria para Adultos Mayores”, remodelar el Paseo de la Reforma al proporcionarle predominio visual grisáceo por el exceso de concreto a los camellones; y su obra máxima, colocar un segundo piso a un amplio tramo del Periférico. Después de terminar como gobernante distrito federalense, se dedicó a fortalecerse dentro del Partido del Trabajo y echar de las filas del PRD a cuantos se opusieran a sus apetitos de poder. Luego devino en candidato presidencial por segunda vez. Y vuelto a la derrota por carecer de ideas atractivas convincentes para el electorado.

El partido en el poder postuló a Josefina Vázquez Mota quien había fracasado como secretaria de Educación Pública, después de ocupar la Secretaría de Desarrollo Social. En ambas dependencias, para desgracia de la república, la señora Vázquez Mota no pudo hacer obra trascendente alguna. Lo memorable en su derrota como funcionaria ante la célebre líder magisterial Elba Esther Gordillo.

Desde el ángulo ideológico y de pensamiento político, la personalidad de la candidata resulta muy pobre al comparársele con sus antecesores (González Luna, Luis H. Álvarez). Sus mensajes exhibieron orfandad de proyecto de envergadura nacional y la permanente tendencia a explotar una idea sensiblera de la sociedad. En síntesis careció de proyecto.

Al candidato Gabriel Quadri lo inventó una familia jefaturada por la muy importante líder Elba Esther Gordillo. Ocupado como profesor universitario, para carecer de experiencia política, resultó un individuo con un comportamiento respetable, pero ajeno por completo a los problemas locales de las Entidades donde concurrió a hacer campaña. Pese a mostrar sentido común en los debates, siempre estuvo fuera de sitio y poco o nada informado de los problemas locales.

Como ya es ampliamente conocido, pese a los esfuerzos oficiales por regatearle el triunfo, la victoria la recogió Enrique Peña Nieto, priísta reconocido y con quien el viejo y polémico partido, cosechador de victorias en Chiapas y Jalisco, regresa al poder con el apoyo de un verdadero cambio: Peña Nieto hizo campaña distinta, congruente con su juventud y con el hecho innegable de pertenecer a una generación distinta y con lenguaje diferente.

La victoria del inminente Primer Mandatario fue clara, contundente por el número de votos, la dilatada cantidad de electores concurrentes a las casillas y su lenguaje fresco, ajeno al triunfalismo. Político joven, de vida clara, huérfano de episodios obscuros, su mensaje alienta a un país harto de crisis y problemas sin resolver.

Por Alfredo Leal Cortés




Agregar un comentario