Cuauhtémoc Cárdenas dice en Madrid: “Pensar las Izquierdas; Latinoamérica y España”

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Agradezco a la Asociación de mexicanos en España la invitación para participar en este foro, compartiéndolo con el doctor Ludolfo Paramio, lo que mucho me distingue, y agradezco al mismo tiempo la hospitalidad del Instituto Ortega y Gasset.

Pensar en el presente y el futuro de Latinoamérica y de España desde lo que en la vida política pueden llamarse izquierdas, no es tarea fácil.

¿Qué es la izquierda, qué son las izquierdas? Se trata, sin duda, de una extensa gama de corrientes de pensamiento, fuerzas políticas y agrupaciones en las que unas se diferencian de las otras no sólo por sus concepciones ideológicas y sus posiciones ante la estructuración de la sociedad y el acontecer nacional e internacional, sino también por los procedimientos que proponen y/o adoptan en su acción para alcanzar los objetivos que se proponen.

¿Quiénes están en la izquierda? ¿Por qué lucha la izquierda? Aceptando que no hay nadie que pueda determinar a quien se reconozca autoridad para establecer quien está o no en la izquierda, y sin entrar a discutir, desde el punto de vista personal, la calidad de quien se considera como parte de ella dentro del espectro de fuerzas políticas, ni tampoco sobre la validez o vigencia de las distintas corrientes del pensamiento que en la consideración general se ubican en la izquierda, me parece que lo que mejor puede aclarar las cosas son los contenidos y finalidades que cada individuo o cada organización da a las ideologías con las que se identifica, a los esfuerzos que emprende o a las luchas en las cuales se involucra, trátese del debate ideológico, de la posición sobre la coyuntura del momento, la discusión sobre los métodos de acción o los objetivos que se persiguen.

En lo personal, considero que se está en la izquierda cuando se aceptan y promueven, para establecer normas de conducta pública y privada, los valores de la igualdad, la libertad, la independencia, la solidaridad entre los hombres y entre los pueblos, el trabajo, el progreso, el bienestar, la democracia, la tolerancia, la justicia, la paz, y se rechaza y combate con energía todo tipo de explotación, así como el uso de la fuerza para resolver controversias, trátese de individuos, trátese de naciones. Y, por otro lado, cuando se anteponen los intereses colectivos a los individuales.

Ahora bien, ¿por qué esta reflexión sobre Latinoamérica y España?

En primer término, me parece, porque se comparte una historia común desde hace más de cinco siglos, en los que se desarrollaron una cultura, costumbres, mestizajes étnicos, un idioma que nos enlaza a lo largo de un continente y desde éste con la península de enfrente, que nos son y seguirán siendo también comunes, que dan identidades y afinidad de intereses y visiones y que distinguen de otras naciones y de otros pueblos, más allá de los cambios que puedan haberse dado en el curso del tiempo en la calidad e intensidad de las relaciones políticas, culturales, económicas, afectivas, de uno al otro lado del Atlántico.

Ahora bien, ¿dónde nos encontramos actualmente, dónde están las izquierdas latinoamericanas?, que es a las que principalmente me referiré, tratando de presentarlas en algunos rasgos que encuentro les son comunes.

Hablando de la actualidad, habrá que empezar por decir que la crisis de 2008-2009, que empieza en Estados Unidos, se agudiza en este país y alcanzó a prácticamente todo el mundo, encontrándose todavía varios países, en distintos continentes, sin superar la situación de apuro.

La crisis revivió con fuerza el enfrentamiento entre las posiciones surgidas de los llamados Consensos de Washington con aquellas que ponen el acento en lo social, la equidad y el crecimiento.

Las elecciones que han tenido lugar recientemente en algunos países europeos muestran que los electores han castigado a los partidos en el gobierno, aun en los casos de partidos considerados de izquierda, para favorecer a las oposiciones. Quizá una causa de ello, que podría considerarse válida también para casos similares en Latinoamérica, sean las consecuencias de aquello que en tiempos recientes ha sido frecuente escuchar de ciertos dirigentes y ciertas organizaciones: que para ampliar los apoyos, ganar elecciones y posiciones hay que correrse al centro. Hacerlo, en los hechos, ha sido un error y un error grave, que, entre otras cosas, ha desdibujado a la izquierda ante la opinión pública, le ha costado muy caro y la ha llevado a fuertes tropiezos políticos. Se perdió de vista que el centro es parálisis: ni para atrás ni para adelante, ni a la izquierda ni a la derecha, ni para arriba ni para abajo. Esa actitud ha sido entendida por importantes sectores de la opinión pública, como una actitud adoptada más que con el propósito de extender los apoyos y fortalecer una opción, como una actitud de pérdida de confianza en las ideas y en las propuestas propias, o, de plano, como un viraje hacia el campo contrario.

Mantenerse en la izquierda no significa caer en planteamientos o adoptar posiciones fuera de la realidad, tratar de acelerar irracional o irresponsablemente los tiempos, o ir a choques en condiciones de evidente desventaja, ni dejar de establecer acuerdos o anudar alianzas sobre cuestiones programáticas o coyunturales, con fuerzas políticas de signo diferente.

Si algo ha caracterizado a la izquierda a lo largo de la historia, ha sido la inteligencia y la audacia para moverse hacia adelante, para que, aprovechando las circunstancias, con los pies en la tierra y sin desconocer realidades, puedan impulsarse sus proyectos políticos. Me parece que es así como han avanzado los proyectos progresistas en América Latina, tanto los que han quedado atrás como los actuales.

Ser de izquierda y mantenerse en la izquierda, exige mantener apego a los principios y en ninguna circunstancia pasar sobre ellos. La oportunidad y el pragmatismo que reclama la acción, no pueden substituirse por el oportunismo y la claudicación. El planteamiento claro convence, convoca y moviliza. La indefinición y la desviación repelen y paralizan.

En América Latina, a raíz de la crisis, en general, los gobiernos en su mayoría pusieron en práctica políticas anti-cíclicas y recuperaron las condiciones de desarrollo de 2008 al año siguiente o en 2010. Este no fue el caso de México, donde el gobierno sólo anunció ciertas medidas, que no llevó a la práctica, con consecuencias negativas sobre el crecimiento de la economía, el empleo, la pobreza. Los índices de desarrollo del 2008 aun no se recuperan.

En América Latina los gobiernos que se consideran de izquierda –Uruguay, Brasil, Bolivia, Cuba, Venezuela, Ecuador, Argentina, Chile (gobiernos de Lagos y Bachelet)- han venido dando prioridad a las políticas sociales, aun cuando cada país debe verse como un caso particular.

En términos generales, puede decirse que en esos países se han reducido la pobreza, la desigualdad y las marginaciones, y se ha estado dando atención prioritaria a la educación, al empleo, la salud, la cultura, al respeto a las diferencias y al reconocimiento de los derechos de las minorías.

En el caso particular de Brasil, que se ha colocado como una de las potencias emergentes más importantes, el manejo de la economía se ha orientado, con prioridad, al fortalecimiento de los mercados internos y a la diversificación del comercio internacional. En Uruguay es donde con más éxito se han puesto en práctica las políticas sociales y donde más se ha avanzado en la disminución de las desigualdades.

Para entender mejor lo que sucede en América Latina, deben considerarse la significación y el comportamiento de los Estados Unidos en la región.

Estados Unidos, es preciso tener conciencia de ello, es la hegemonía económica y político-militar más importante en el mundo y todas sus políticas, empezando por las bélicas, se orientan a la defensa y promoción de sus intereses económicos, aun aquellos que bien pueden calificarse de ilegítimos y amorales.

Históricamente, desde los inicios del siglo XIX, Estados Unidos ha considerado a América Latina como su zona de influencia natural y en la región, también históricamente y al transcurso del tiempo, ha venido profundizando y diversificando los lazos de dependencia.

Después del 11 de septiembre, hace más rígidas sus políticas de seguridad e incluye a México, como decisión unilateral, dentro de su primer círculo de defensa. El Comando Norte de las fuerzas armadas de los Estados Unidos tiene entre sus encomiendas la de ver qué sucede en México, desde el punto de vista de la seguridad norteamericana.

En condición similar, aunque ya correspondientes a otra jurisdicción militar norteamericana, se encuentran Centroamérica y el Caribe.

En sus reacomodos y ajustes, después del 11 de septiembre, Estados Unidos aflojó un tanto las ataduras respecto al sur del continente.

Sin buscar confrontaciones innecesarias, aprovechando afinidades con fuerzas políticas y sociales de los Estados Unidos, los proyectos de desarrollo independiente, que rechazan las imposiciones hegemónicas, han podido avanzar en América Latina cuando los gobiernos, además de proyecto, han contado con indiscutible respaldo popular. De otra manera no se entendería hoy la permanencia, en varios casos al través de la relección, de los gobiernos del PT en Brasil, del Frente Amplio en Uruguay, del MAS en Bolivia, y los de Cuba, Ecuador, Venezuela, Argentina.

Entonces, con vistas a un futuro distinto del presente, la lucha por un orden mundial equitativo, de respeto pleno a la autodeterminación, sin imposiciones hegemónicas, de paz y cooperación solidaria, por una nueva organización de la sociedad, por superar al sistema depredador que hoy domina las relaciones económicas e impone condiciones de desigualdad y exclusión en las relaciones entre países y al interior de las sociedades nacionales, que desata las llamadas guerras preventivas para asegurarse el control de recursos naturales básicos y de zonas estratégicas en el mundo, que impone políticas económicas que llevan de crisis en crisis para mantener los privilegios de minorías, que está poniendo en riesgo la supervivencia misma de la humanidad, es una lucha que resulta prioritaria para los intereses profundos de los pueblos latinoamericanos.

Una cuestión importante en este esfuerzo, es la agenda bilateral Estados Unidos-América Latina, que es compleja y diversa. En primer lugar, considerando los millones de migrantes de los diferentes países latinoamericanos que se encuentran o buscan llegar a los Estados Unidos, es preciso insistir en la reforma migratoria de fondo, que debe empezar porque el Estado y la sociedad norteamericanos reconozcan la valiosa e imprescindible contribución que los migrantes de todas las naciones, mexicanos, por cierto, en alta proporción, dan al progreso de ese país.

Es preciso, igualmente, plantear la necesidad de alcanzar equidad en la relación económica. Al respecto, desde que se negociaba el Acuerdo de libre comercio de América del Norte, allá por 1991, planteamos, como acuerdo substituto, la suscripción de un Acuerdo continental de comercio y desarrollo, que considerara entre sus objetivos reducir hasta borrar las asimetrías económicas y sociales existentes mediante, principalmente, la generación de empleos y el acceso a los conocimientos de punta y a la educación de calidad, así como sentar las bases de un crecimiento económico sostenido en el largo plazo, que considerara además, la creación y utilización de mecanismos como los fondos de apoyo y compensación que fluyeran de los países de mayor desarrollo relativo hacia los menos desarrollados, para modernizar y hacer eficientes los procesos productivos y las infraestructuras de servicios, acuerdos para el mejoramiento del medio ambiente, para tener condiciones dignas de trabajo, equivalentes a las de los países más desarrollados del área, y el libre tránsito de personas en el continente.

Se trata de encontrar buena solución a los problemas que se comparten y de recuperar posiciones de dignidad y de protección a los intereses de todos los países latinoamericanos en su actuar internacional. En los Estados Unidos existen grupos con presencia política importante e influencia en amplios sectores de la opinión pública que coinciden con nuestras visiones. Con ellos hay que estrechar la relación y con ellos participar en el esfuerzo por alcanzar objetivos que nos son comunes, respetando espacios y decisiones que sólo a los nacionales de cada país competan.

Con Estados Unidos debe buscarse una relación equitativa, por difícil que parezca poderla alcanzar. Será ese un objetivo prioritario en la edificación de un orden mundial de equidad, objetivo que, por otro lado, crea espacios de acción comunes para las naciones de la América Latina, que contribuyen a su unidad y a su integración regional.

La integración política y económica de América Latina, en los tiempos presentes, ya no es una utopía. Si bien es un objetivo que no se alcanzará en el corto plazo, sería la condición que debiera lograrse en la región para su inserción con equidad en las corrientes de la globalización, si se quieren aprovechar de manera óptima sus ventajas relativas y si se quiere que Latinoamérica participe en condiciones de igualdad frente a los otros grandes bloques económico-demográficos que hoy dominan la política y la economía en el mundo.

En la construcción de ese nuevo orden mundial, a la América Latina le corresponde impulsar, ampliar y fortalecer los procesos autónomos de integración política y económica que se están dando en la región, para incorporarse en condiciones favorables y aprovechar las tendencias positivas de la globalización y hacer entender a las grandes potencias que sólo en un mundo de igualdad y solidaridad fraterna hay futuro para todos, que la humanidad no puede estar regida por la voluntad de uno solo, que no respeta pactos ni tiene principios y que decide quien es bueno y quien es malo en el mundo y cómo se premia o cómo se  castiga.

Una condición ineludible en el esfuerzo de integración de Latinoamérica y el Caribe es lograr la independencia de Puerto Rico, instando a los Estados Unidos a que dé cumplimiento a la Resolución 1514 de la Asamblea General de la ONU, del 14 de diciembre de 1960, que garantiza la independencia de los territorios coloniales, así como a las 30 resoluciones del Comité Especial de la propia ONU, la más reciente de junio del 2011, que reconoce que “Puerto Rico es una nación latinoamericana y caribeña que tiene su propia e inconfundible identidad nacional”.

En resumen, los gobiernos considerados de izquierda en América Latina son los que con mayor fuerza impulsan los proyectos de integración regional. Son también aquellos donde son más tangibles las mejoras sociales y los que en la política internacional se conducen con mayor autonomía respecto a Estados Unidos, aunque no ciertamente total: la presencia de misiones militares latinoamericanas fuera de sus países de origen es una muestra de ello, para sólo dar un ejemplo.

Igualmente, partidos y gobiernos que se sitúan en la izquierda son los que, en América Latina y Europa, se enfrentan a las políticas del neoliberalismo y plantean y buscan llevar a la práctica proyectos que ponen por delante los derechos y los intereses de la gente.

Foros como éste, en los que se analizan las condiciones en que las fuerzas progresistas y democráticas de España (y al través de ésta de Europa) y de América Latina, debieran realizarse con más frecuencia. Contribuyen a conocernos y a entendernos mejor. Nos acercan y abren posibilidades a las prácticas solidarias. Nos aportan ideas y herramientas tanto para nuestras luchas nacionales como para aquellas en las que, desde nuestras diferentes trincheras, nos encontramos juntos.

Finalmente, gracias por haberme dado la oportunidad de participar en este encuentro que nos ha permitido pensar por dónde andan y cómo y hacia donde deben andar las izquierdas en España y América Latina.

Asociación de mexicanos en España / Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset.

Madrid, 17 de mayo del 2012.

www.ccardenass.org

www.fundad.org

Por Cuauhtémoc Cárdenas




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