El Fortalecimiento y desarrollo del mercado interno eleva el bienestar de la población: Víctor García Lizama

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Amigas y amigos:
Me da mucho gusto participar en esta reunión, en la que se presenta a consideración de ustedes la versión ejecutiva de una obra, realizada por distinguidos catedráticos e investigadores del Centro de Investigación en Economía y Negocios del Tec de Monterrey, Campus Estado de México, cuyo propósito es proponer y promover acciones encaminadas al fortalecimiento del mercado interno.
Como probablemente saben, en noviembre último, por segundo año consecutivo, los tres Centros Empresariales del Estado de México, filiales a la Coparmex, y el Instituto Tecnológico de Monterrey, campus Estado de México, celebramos un encuentro con el propósito de que la empresa y la docencia e investigación superior colaboren en la búsqueda de fórmulas para lograr un país mejor.
Con motivo del último Encuentro se exploró el tema del Fortalecimiento del Mercado Interno, aprovechando que la División de Negocios del Tec de Monterrey, en su Campus Estado de México, realizaba trabajos de investigación sobre el particular.
No contando con tiempo para esperar la edición del libro, que próximamente saldrá a la luz pública, se optó por la publicación de la versión ejecutiva que, en apretada síntesis, se publica en 32 páginas y que contiene, además del prólogo, escrito por el Contador Público Don Carlos Machorro Camarena, Director de Desarrollo Social de la Rectoría Zona Centro, Tecnológico de Monterrey, un resumen ejecutivo de los interesantes, concienzudos, criterios vertidos por el Doctor José Luis de la Cruz Gallegos, quien fungió como Coordinador del proyecto; así como por el Doctor Carlos Canfield Rivera y del Maestro Omar Jiménez Sandoval; y por los Doctores Marco Antonio González Pérez, Héctor Moreno Núñez y Mario González Valdez.
El pensamiento de los autores se manifestó, como corresponde en una institución educativa de alto prestigio, con absoluta independencia, y obedece a la formación, capacidad de observación y análisis y convicciones personales de cada uno de ellos.
En tal virtud, recomendamos, no sólo su lectura, sino su análisis y estudio a fin de abrevar en los conocimientos vertidos por tan distinguidos maestros.
A continuación expresaré algunas ideas en torno al tema que nos ocupa.
Vivimos en un mercado globalizado que, indiscutiblemente, tiene ventajas dentro del comercio exterior; pero que no necesariamente se traducen siempre, ni en cantidad ni en calidad, en mejores condiciones de vida para nuestra población. Muchas veces, nuestro comercio exterior se debe más a las adquisiciones que a las exportaciones, o nuestras exportaciones no contienen suficiente innovación tecnológica.
El fortalecimiento del mercado interno no puede ubicarse al margen de la globalización. Los proyectos productivos y la actividad económica en general deben realizarse en condiciones de competitividad para ser sustentables, desde el punto de vista económico: los bienes y servicios de exportación, incluido el turismo, deben ser competitivos para colocarse en los mercados externos; y los productos de la actividad económica destinados al mercado interno deben ser también competitivos en términos internacionales, so pena de ser desplazados por producción proveniente del exterior.
Coincido con el criterio de que el fortalecimiento y desarrollo del mercado interno eleva el bienestar de la población. En efecto, los hechos han demostrado que toda economía altamente desarrollada tiene consolidado su mercado interno y su población disfruta de mejor calidad de vida. Así, mercado interno fuerte y mejor calidad de vida son dos caras de la misma moneda.
Un mercado interno fuerte es reflejo de relaciones humanas menos injustas, fundadas en la moral y en el Derecho, que generan bien para todos.
En el sentido apuntado, tenemos muchos problemas estructurales, de origen, que debemos resolver simultáneamente, o tan simultáneamente como sea posible, tales como la calidad de la educación; la falta de trabajo; el pago y administración de los impuestos; la insatisfactoria seguridad social y deficiente seguridad pública; la pobre infraestructura económica, carreteras, presas, energía, etcétera; la perversa partidocracia y el escurridizo estado de Derecho en el que vivimos, todas ellas obstáculos para el fortalecimiento del mercado interno y la viabilidad de una Nación, de un país independiente, de un Estado soberano.
Ahora bien, con una visión de futuro, de largo alcance, sustentada en acciones que han de iniciarse desde ahora, tenemos que plantearnos un proyecto de Nación incluyente, en cuya creación todos participemos y, de los beneficios, disfrutemos todos, especialmente los que menos tienen.
Tenemos que reconocer que mucho deja que desear la calidad, el contenido y la perspectiva de la educación en México. Hay que hacer énfasis en la educación tecnológica para la innovación y la competitividad.
Mientras se eduque a nuestros niños y jóvenes, como se hace, y se les enseñe lo que se les imparte en nuestras instituciones educativas, no daremos el salto en materia tecnológica ni participaremos del progreso del que disfrutan Naciones que hace poco se encontraban en niveles inferiores al nuestro. Es indispensable vincular los planes y sistemas educativos a un proyecto de Nación verdaderamente avanzado, cuyas metas deben preestablecerse en un Plan Nacional de Desarrollo de largo plazo.
Estoy convencido de que las mejores formas de generar y repartir bienestar son, por una parte, creando empleos y propiciando el autoempleo y, por la otra, pagando cabal y oportunamente los impuestos, de la manera proporcional y equitativa que las leyes señalen, que deben ser administrados con honestidad e inteligencia; subrayo, inteligencia y honestidad.
Las medidas anteriores son la base indispensable, sobre la que se podrá fincar un proyecto de Nación sustentable, que beneficie a toda la población, dado que, para fortalecer el mercado interno, se requieren recursos económicos: dinero en manos de la población; inversión privada cuantiosa y estable y recursos fiscales crecientes.
El dinero en manos de la población no debe ser consecuencia de un mero acto de generosidad, sino retribución al trabajo productivo, realizada con justicia. Sin dinero en manos de la población, de los compradores, de poco sirven los bienes y servicios que se oferten, cuando del fortalecimiento del mercado interno se trata. Ahora bien, hablamos de bienes y servicios ofertados por empresas eficientes, con precios competitivos, porque los bienes y servicios caros no circulan y el mercado interno se anquilosa.
No conozco mejor fórmula, fórmula más sana y eficaz, para llevar bienestar social a la población, sin paternalismo, que el trabajo productivo y la recaudación cabal y oportuna de los impuestos, aplicados a la infraestructura que favorezca y aliente la inversión privada, realizada dentro de un mercado de libre competencia, con responsabilidad social. Regulación sí; la indispensable para evitar abusos y excesos.
Debemos quitar o, por lo menos, minimizar los obstáculos que impidan o dificulten nuestras metas.
La inversión, como la vida, requiere cuidados para que sea sana, larga y satisfactoria; no puede asfixiársele, e, infortunadamente la asfixian la burocracia, la tramitología, la complejidad administrativa, la dificultad en el cumplimiento de la norma fiscal y los excesivos impuestos; excesivos, si los comparamos con lo que recibimos a cambio de ellos; bajos, si los equiparamos con los que se  pagan en otros países.
Hay que tener en cuenta que son los inversionistas privados, por su propia naturaleza y vocación, quienes generan la mayor cantidad de empleos productivos. Por esto, es indispensable que el gobierno revise permanentemente su normatividad, a fin de evitar los obstáculos a la inversión y favorecer la generación de empleos y propiciar el autoempleo, que permitan a la fuerza productiva obtener una renta remuneradora de su esfuerzo y adquirir poder de compra, más allá de lo mero indispensable.
Considero oportuno insistir en la necesidad de que definamos un solo impuesto, a escoger entre el Impuesto Sobre la Renta y el Impuesto Empresarial a Tasa Única. La subsistencia de ambos crea confusión, malestar, inseguridad, temor y hasta contrariedad, independientemente de mayor carga administrativa para las empresas y el gobierno. Tomemos lo bueno de ambos y hagamos uno solo; pero sólo uno.
Cualquiera que fuere el impuesto que quedara debe disminuir su tasa para estimular la inversión, mas no sólo cuando se reinvierta la utilidad, sino aun cuando la retiren los accionistas. Si esto se hace constituirá un estímulo importante para la creación de más y mejores empresas, ya que generará nuevas inversiones, toda vez que la utilidad que se retira no se mantiene en un cajón.
Los salarios tienen que aumentar, mas no por decreto, ni por acuerdo de una Comisión que deja ya mucho que desear. A fin de evitar inflación, tienen que contribuir los llamados tres sectores: el trabajador, con mayor productividad; el gobierno federal, disminuyendo los impuestos de los trabajadores; el gobierno estatal, aplicando parte del impuesto sobre nóminas al salario; y el empresario, sacrificando utilidades, en proporción a las que obtengan.
Más dinero en el bolsillo de la población permite más consumo, que demanda más producción, todo lo cual genera más impuestos, tanto a cargo de las empresas, cuanto de la población en su doble papel de trabajadores y consumidores.
Unas ideas finales:
El fortalecimiento del mercado interno supone proyectos productivos, sustentables, desde el punto de vista económico, ambiental y regional.
El turismo, siendo una actividad exportadora de bienes y servicios, dispara el desarrollo regional; sin embargo, en nuestro país, no hemos visto que estos efectos se logren sino en muy pequeña medida. Chetumal en poco se ha beneficiado con el enorme desarrollo del corredor Cancún-Playa del Carmen- Tulúm, la región que más ha crecido en los países miembros de la OCDE en años recientes. Otro ejemplo, La Paz, Mazatlán y Culiacán no parecen haber aprovechado suficientemente la oportunidad que les brinda los Cabos en Baja California.
Finalmente, la política pública de fortalecimiento del mercado interno debiera estar orientada a aprovechar las oportunidades de proveer a las actividades de exportación y de suministro al mercado interno, en condiciones de competitividad, de acuerdo a las vocaciones de las regiones.




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