La Crisis Mexicana: del “catarrito” a la pulmonía

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Por Josefina Morales

Investigadora titular de la Unidad de Economía Política del Desarrollo del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM y miembro de número de la Academia Mexicana de Economía Política.

La que vino de fuera

Todos los días y a todas horas en la radio y la televisión el gobierno repite, creyendo como Goebbels que de tanto repetirlo será verdad, que la crisis no es de nuestra economía, “vino de fuera”: ellos no la crearon, ni el gobierno ni los empresarios mexicanos tienen nada que ver con la crisis. Del catarrito pasamos a la pulmonía al tsunami y a la dimensión desconocida, tardíamente y a regañadientes se anunciaron planes de gasto público que nadie ve y se retrasan gastos comprometidos de infraestructura; se anuncian congelamientos parciales de aumentos mensuales a las gasolinas, el gas y el diésel cuya desigualdad irrita a campesinos y transportistas; se otorgan apoyos a las empresas en paro técnico para paliar el desempleo que redundan en subsidios a las grandes empresas, sobre todo trasnacionales; y a pesar de las inyecciones millonarias al mercado, el peso se ha devaluado alrededor de un 50% y no podemos conocer quiénes son los voraces compradores o especuladores.

Intentar explicarnos el discurso oficial frente a la crisis requiere de un psiquiatra más que de un analista social. El secretario de hacienda, Agustín Carstens, que fue alto directivo del Fondo Monetario Internacional, parece desconocer las apreciaciones de las instituciones internacionales sobre la crisis actual que desde septiembre pasado, por lo menos, trae de cabeza a todos los funcionarios trasnacionales y a los gobiernos de los principales países desarrollados. Y ha transitado del desconocimiento a la perplejidad ante la crisis.

El ejecutivo del (des)gobierno, como señalan algunos analistas, con el voluntarismo inútil que lo caracteriza reitera que mantiene el timón, que le gustan las tormentas y los tifones, que estamos fuertes, que todas las crisis pasan, que, como diría Zedillo, nuestra crisis costó más cara que la estadounidense actual y salimos, que saldremos más fortalecidos que nunca, que además de ganar la guerra contra el narcotráfico, “que vamos ganando”, cuando regresen los marinos, en el verano, la crisis habrá pasado.
Y las recetas son las mismas: reformas estructurales más reformas estructurales más reformas estructurales… Y ahora, la que faltaba: después de las reformas de las pensiones del ISSSTE y la de Pemex, la del trabajo: desregular, flexibilizar el trabajo, hacer recaer, una vez más, sobre los trabajadores el costo de la crisis es lo que resolverá los múltiples problemas de competitividad que el país sufre, la receta frente a la crisis.

Ignorar que la crisis exhibe el fracaso del neoliberalismo, de la desregulación, de la supremacía del mercado y la ausencia del Estado, muestra la incapacidad del actual gobierno, no sólo desde el ámbito del diagnóstico que han exhibido los múltiples presupuestos públicos de los gobiernos panistas de este siglo, sino sobre todo en el quehacer público.

TLCAN, subdesarrollo y dependencia

La crisis que vino de fuera está en nuestra estructura económica, en nuestro esqueleto deforme y frágil desde hace tiempo. El Tratado de Libre Comercio de la América del Norte (TLCAN) codificó las nuevas formas de la dependencia, el nuevo patrón de acumulación, financista-exportador, gestado en la crisis del capitalismo mundial surgida desde finales de los años sesenta y de la cual formó parte la crisis del modelo de sustitución de importaciones.

En las últimas décadas se ha acentuado el carácter cíclico de nuestra economía, cada vez más sincronizado con el ciclo estadounidense. Después de la devaluación de 1976 y el proceso inflacionario en ascenso, desde 1982, nuestra economía registró cinco años recesivos y la industria manufacturera siete hasta 2007. Entre 1981 y 1990 el PIB per cápita, a dólares del 2000, registró una tasa negativa, se recuperó en la siguiente y en lo que va de esta primera década del siglo XXI, presenta una de las tasas de crecimiento más bajas de América Latina.1

En medio de una tendencia de bajo crecimiento el país se ha transformado y se ha profundizado la heterogeneidad y polarización estructural, regional y social, reproduciéndose así la dependencia y el subdesarrollo. Sobre una estructura débil producto de la crisis de la deuda y sobre la que se impusieron las medidas de ajuste acordadas con el Fondo Monetario Internacional, del saqueo que significó el pago de la los intereses de la deuda externa, se impuso el cambio de patrón de reinserción internacional, se inició la apertura a las mercancías y la inversión extranjera y la reorientación de nuestra producción hacia el mercado exterior, abandonando las políticas de desarrollo nacional.

En México, el TLCAN no ha sido un instrumento que permitiera alterar la tendencia al crecimiento insuficiente que acompaña a la crisis de la deuda y las política de ajuste estructural; al contrario. Quince años después nos encontramos con un país que no ha recuperado las tasas de crecimiento registradas entre 1940-1980; que no ha resuelto el problema de la deuda externa, se ha reducido el impacto de la deuda publica externa pero no lo ha cancelado y ha triplicado, por el contrario, el monto de la deuda interna, tan sólo entre 2000 y 2007; no ha resuelto la precariedad de las finanzas públicas, sólo ha establecido una política reduccionista de la actividad pública y ha instrumentado una política monetarista recesiva para contener la inflación, acompañada, hasta antes de la crisis actual, de una política permanente de sobrevaluación monetaria; ni tampoco ha creado los puestos de trabajo necesarios con lo que se ha multiplicado el flujo de inmigración hacia los Estados Unidos.

Es indispensable tener presente que en el caso de México, el TLCAN sólo registró positivos datos de crecimiento macroeconómico entre 1996 y 2000, apenas cinco años, pues 1994 y 1995 estuvieron atravesados por la dinámica de la crisis mexicana, tanto en sus dimensiones económicas como políticas.

A precios de 1993, se registró entre 1993 y 2000 una tasa de crecimiento de 3.5% anual del PIB y mucho menor del PIB per cápita, 2%. A partir de la crisis estadounidense de las empresas.com se acentuó una tendencia hacia el estancamiento, desigual, sectorial y regionalmente, cayendo la tasa de crecimiento del PIB entre 2000 y 2008 a una tasa similar a la de la década perdida,2 a pesar de una recuperación modesta en los últimos tres años asociada con el incremento de los precios del petróleo (véase cuadro 1).

La privatización previa, casi condición del TLCAN, y la realizada a partir del tratado de ferrocarriles, banca, comunicaciones y energía, y las políticas de ajuste seguidas desde los ochenta que han minimizado la actividad pública, más que impulsar el crecimiento del país han significado la desnacionalización de nuestras principales actividades, destacando la del sector financiero, y fracturado las incipientes cadenas industriales alcanzadas: dramático es el caso de la cadena petróleo-petroquímica con la importación en los últimos años de más de la tercera parte del consumo nacional de gasolina.

A precios de 2003, la economía nacional presentó un crecimiento de 3.4% entre 2003 y 2008, con doce sectores, de los 19 en que ahora se presenta la estructura económica en las cuentas nacionales, que registran una tasa menor a la promedio del país, destacando el promedio negativo de la minería (-0.1%) y las bajas tasas del gobierno (0.4%) y de la electricidad, servicios educativos y esparcimiento menores al 2% [INEGI, 2009 a y 2008], (véase cuadro 2).

Los resultados del 2008 ilustran claramente la desigualdad y los desequilibrios estructurales de nuestra economía [INEGI, 2009 a]. El Valor agregado creció apenas 1.3%, con lo que el PIB per cápita prácticamente se estancó. Tasas negativas registran cuatro sectores que en conjunto representan más de la tercera parte de la economía nacional y donde laboran alrededor de 11 millones de personas, la cuarta parte del total: la minería (por la caída de los precios del petróleo), la construcción, la manufactura y los servicios financieros; tasas menores a la media nacional presentan el transporte, los servicios profesionales, la dirección corporativa, los servicios de apoyo a negocios, los servicios de restaurantes y hoteles, los de Educación y la actividad gubernamental, registrando los dos últimos tasas menores a 1%; y las más altas se presentan en el sector de medios (8.2%) y en el agropecuario y en el inmobiliario, arriba del 3%. Este último sector representa ya cerca del 11% de la economía nacional, el tercero por su importante contribución, después de la manufactura y el comercio (véase cuadro 2).

En la industria manufacturera, que contribuye con 18.8% del valor agregado del país, se presentaron el año pasado tasas negativas en once de sus subsectores [INEGI, 2009 a]; las más graves, superiores a caídas del 10%, se registraron en dos de la industria textil y en equipos, aparatos y accesorios electrónicos; la producción de equipo y partes de transporte todavía registraron un crecimiento del 3.5% (véase cuadro 3).

Las tendencias recesivas se advierten en los últimos meses del año pasado y los primeros meses de éste: el PIB nacional y el de las actividades terciarias registraron una contracción de 2.7% y 2.9%, respectivamente, en el último trimestre; las actividades agropecuarias en los dos últimos, las secundarias en los últimos tres trimestres del año pasado; la inversión en maquinaria y equipo ha caído mes tras mes desde agosto del año pasado [INEGI, 2009 b]; la inversión extranjera cayó alrededor de la tercera parte; y la manufactura y la construcción acumulan seis meses de crecimiento negativo a enero del 2009, registrando en este último mes una contracción de 14.9 y 8.5%, respectivamente [2009 c].3

Datos más indicativos del orden de la recesión en la que estamos son los reportes de enero del sector externo y el desempleo: en enero de este año las exportaciones totales cayeron 31.5%, las petroleras más de la mitad, las manufactureros 26.8 y las agropecuarias 9.8%. Y el desempleo aumenta: la encuesta trimestral de empleo registra que en el último trimestre de 2008, con respecto al mismo periodo del año anterior, se perdieron 749 987 puestos de trabajo, la mayoría, más de medio millón, correspondió a las mujeres: por sectores, la manufactura concentró más del 60% del total de trabajos perdidos. En enero de este año se registra una tasa de desempleo de 4.6%, más alta en las mujeres, 5.2%, y el seguro social registra en la industria de la transformación una pérdida de 336 137 puestos de trabajo de enero de 2008 a enero de 2009 y de 84 382 en la construcción [INEGI, 2009 d, e y f].

El patrón manufacturero-exportador ha mostrado claramente sus limitaciones desde principios de este siglo, particularmente el modelo maquilador. Entre 1993 y 2000, las exportaciones manufactureras registraron una tasa de crecimiento del 17.3% y en los primeros ocho años de este siglo apenas si lo hicieron a 2.9%.

El eje del modelo fue sin duda la industria automotriz que se volvió la joya de la corona del TLCAN. Esta industria en Estados Unidos atraviesa por una largo proceso de crisis y reestructuración, casi permanente; desde la crisis de 1974-1975 el viejo fordismo mostró su incapacidad para mantener crecientes tasas de productividad y pierde incluso su propio mercado interno frente a las empresas japonesas del toyotismo; uno de los ejes de este proceso fue la fragmentación del proceso productivo y el desplazamiento de los eslabones más intensivos en fuerza de trabaja hacia nuestro país e incluso se incrementó considerablemente la industria automotriz en su conjunto y el país se volvió exportador de automóviles: claro está, a través de las firmas trasnacionales. En 2007, las exportaciones del sector representaron 14% del total de las exportaciones nacionales y fueron superiores, incluso, a las petroleras.

La industria maquiladora, otro de los ejes del nuevo patrón manufacturero-exportador, cuyas exportaciones registraron una tasa de crecimiento de 18.1% entre 1993 y 2000, contrajo su dinamismo en empleo y exportaciones. Estas últimas crecieron apenas 3.2% por años, entre 2000 y 2006,4 y en los primeros tres años de este siglo el sector perdió más de la tercera parte de los puestos de trabajo creados en los primeros siete años del TLCAN; en la crisis de este sector asociada con la de las empresas.com en Estados Unidos y la contracción después del 11 de septiembre en 2001, las ramas más afectadas fueron la de prendas de vestir y la de la electrónica. Ahora, que el centro de la crisis productiva estadounidense está en la industria automotriz el impacto en este sector maquilador será, sin duda devastador con sus gravísimas repercusiones regionales en los principales municipios maquiladores del país, como Juárez, Tijuana, Reynosa, Matamoros, Torreón, Tehuacán y otros. Los diarios reportan cotidianamente la pérdida de miles empleos en los municipios fronterizos, las empresas en paro técnico, la caída de las exportaciones del sector.

Otro de los graves problemas estructurales de nuestra economía se exhibe en la balanza de pagos, en los flujos del capital extranjero, tanto de entrada como de salida, que muestran la dependencia estructural y la fragilidad de nuestra moneda.

A partir de los datos que reporta CEPAL en su último estudio económico de América Latina, donde reporta los flujos internacionales de la región de 1981 a 2007, encontramos que en el caso de México se registró entre 1981 y 2007 una entrada acumulada de inversión extranjera directa por 276 737 millones de dólares y una salida de 400 241 millones, poco más de la mitad tan sólo de pago de intereses. La mayor parte de estos flujos se registran a partir del TLCAN: 87% de la inversión extranjera directa, 63% de los egresos totales y 65.5% de las utilidades y divisas enviadas al extranjero; sólo el pago de intereses fue mayor entre 1981 y 1993, periodo durante el cual se pagaron más del 60% del total (véase cuadro 4).

Y a pesar del crecimiento de las exportaciones manufactureras y en los últimos años de las petroleras, el déficit de la balanza comercial se reproduce y alcanzó los 11 100 mil1ones de dólares en 2007 y el déficit en cuenta corriente si bien ha bajado de 29 662 millones en 1994 a 7 300 millones en 2007 se mantiene. En este último rubro ha sido significativo la llegada de las remesas que entre 2000 y 2007 registran un monto acumulado de 130 240 millones de dólares. En 2008 estos flujos disminuyeron: la inversión extranjera directa cayó cerca de una tercera parte y las remesas 3.6%. El impacto mayor de la contracción de las remesas se advierte a niveles locales: en Tabasco las remesas cayeron 13.9%, en Zacatecas, 10.5%, en Veracruz, 6.7% y en el Distrito Federal, 19.6%.

Flujos que han permitido que el gobierno mantenga una política de sobrevaluación del peso hasta antes de la crisis y que ahora no ha podido sostener; y a pesar de la masiva inyección de dinero desde octubre de 2008, por un monto superior a los 22 000 millones a finales de febrero, el peso es presa de una feroz actividad especulativa exhibiendo su volatilidad y ha llegado a registrar una devaluación superior al 50%.

Alcance de la depresión imperialista

Los pronósticos de la recesión, cambian día con día y lo único que parece claro es que la economía estadounidense se dirige hacia una depresión. La recesión de la economía mundial ya es reconocida por el FMI y el BM, que difieren en su alcance, más conservador en el caso del primero.

Krugman ya había señalado de tiempo atrás el retorno de la economía de la depresión, en el libro que escribió bajo ese nombre desde 1999, después de la crisis de los mercados emergentes asiáticos que culminaba la década depresiva de la economía japonesa.

Los negativos resultados de la economía estadounidense, después de la llegada de Obama a la Casa Blanca confirman que la crisis de la economía capitalista mundial, que el imperio estadounidense preside, camina hacia una “profunda y prolongada depresión”.

En el vórtice de la tormenta, en medio de la vorágine de la crisis en todas sus dimensiones, resulta inútil registrar el record estadístico de la crisis que cambia día con día, de los resultados numéricos cada día más espectaculares en torno al desempleo, la caída de los precios de las acciones de las empresas en los mercados de valores del mundo y los datos de la recesión generalizada en la globalización. Una y otra vez se repite que la crisis no ha tocado fondo y que no se sabe plenamente su alcance, que los bancos siguen sin conocer ni dar a conocer la magnitud de sus pérdidas, que la recesión alcanza niveles inimaginables en la economía real, empezando por la joya de la corona que fue, durante décadas, la industria automotriz.

Por primera vez, después de la segunda guerra mundial, los países desarrollados entran en una profunda recesión generalizada, pues a estas alturas es evidente que la de 1974-1975 fue de menores dimensiones. A esa crisis cíclica, antecedida por la devaluación del dólar en 1971 y el inicio del alza de los precios del petróleo, que el pensamiento crítico caracterizó como una crisis más profunda del capitalismo (de estructura, de fase, de regulación, de nuevo ciclo Kondratief, del fordismo, etcétera) se le enfrentó desde el poder económico y político del imperialismo con la reestructuración del Estado, de la producción y del trabajo, apoyada en la revolución científico-tecnológica en curso y los nuevos procesos de formación de áreas económicas de libre comercio. Medidas que conocemos como neoliberalismo, producción flexible y tratados de libre comercio y globalización.

A lo largo de las últimas tres décadas se han registrado profundos cambios en la economía mundial y después del ciclo más largo de crecimiento de la economía estadounidense durante la década de los noventa, a lo que seguramente contribuyó la desintegración de la Unión Soviética, la desaparición del sistema socialista con la reinserción al capitalismo de esa región, así como la primera invasión a Irak, Estados Unidos atravesó en los primeros años de este siglo por la crisis de su sector tecnológico de punta y la quiebra fraudulenta de varias de sus grandes empresas que se conjugó con el ataque terrorista a las torres gemelas de Nueva York. Situación que llevó a la elevación significativa de su gasto militar y a la invasión a Irak que ha sumergido a los Estados Unidos en una nueva guerra sin fin, en la cual ya ha sido derrotado, lesionando su poder hegemónico.

Para Samir Amin [2008], como para otros autores como Chesnais y Guillén, la caracterización de esta fase es la financiarización del capitalismo, donde:
El sistema capitalista actual está dominado por un puñado de oligopolios […] que no sólo son financieros, constituidos por bancos o compañías de seguros, sino que son grupos que actúan en la producción industrial, en los servicios, en los transportes, etc. […] el centro de gravedad de la decisión económica ha sido transferido de la producción de plusvalía en los sectores productivos hacia la redistribución de beneficios ocasionados por los productos derivados de las inversiones financieras. Es una estrategia perseguida deliberadamente no por los bancos, sino por los grupos “financiarizados”. Más aún, estos oligopolios no producen beneficios, sencillamente se apoderan de una renta de monopolio mediante inversiones financieras.

Luego no estamos en presencia de una economía de mercado, como se suele decir, sino de un capitalismo de oligopolios financiarizados […], la huida hacia delante en las inversiones financieras no podía durar eternamente cuando la base productiva sólo crecía con una tasa débil […] El volumen de las transacciones financieras es del orden de dos mil trillones de dólares cuando la base productiva, el PIB mundial sólo es de unos 44 trillones de dólares.

Y detrás de esta crisis se perfila a su vez la verdadera crisis estructural sistémica del capitalismo. La continuación del modelo de desarrollo de la economía real, tal y como lo venimos conociendo, así como el del consumo que le va emparejado, se ha vuelto, por primera vez en la historia, una verdadera amenaza para el porvenir de la humanidad y del planeta.

La nueva recesión se inicia en la todavía mayor economía del mundo, en el centro del imperialismo, en una economía con graves problemas estructurales: desequilibrios económicos crónicos; déficit en el sector público y en el sector externo, que la han vuelto dependiente del ahorro externo; burbuja especulativa en el sector inmobiliario de dimensiones imprevistas; predominio de la financiarización especulativa e improductiva de las grandes empresas trasnacionales que se manifiesta en severos problemas de endeudamiento de sus empresas y sobrevaluación de sus activos en el mercado de valores y ahora pérdidas financieras de gran magnitud; problemas graves de productividad en sus principales sectores, como el automotriz, que se arrastran desde los setenta; mercado de trabajo segmentado y polarizado; una enorme carga financiera de su aparato militar; una contabilidad financiera y pública que exhibe grandes fraudes, cohechos y mentiras; deterioro de su infraestructura energética, de transportes y de prevensión de desastres, como sucedió en Nueva Orleans con Katrina, entre otros.

Krugman destaca en sus análisis que en la economía estadounidense

[…] no se ha generado riqueza desde el inicio del milenio: la riqueza neta del hogar estadounidense promedio, ajustada a la inflación, es menor al nivel que tenía en 2001. Durante la mayor parte de la década pasada Estados Unidos fue una nación de prestatarios y gastadores, no de ahorradores. La tasa personal de ahorro bajó de 9% en los 80 a 5% en los 90, y a solamente 0.6% de 2005 a 2007, y la deuda de los hogares aumentó mucho más rápidamente que el ingreso personal […] El aumento en el valor de los activos había sido una ilusión, pero el disparo de la deuda fue totalmente real [Krugman, 2009 a].

Frente a la crisis, la intervención pública se hizo indispensable, y no sólo se han aprobado millonarias cantidades para solventar la crisis financiera y mitigar el impacto de la crisis en la población; al mismo tiempo que la recesión económica se profundizaba, la ideología neoliberal, la supremacía del mercado como eje de la acumulación, del interés público sobre el privado, de la ausencia del Estado, quedaba también en entredicho.

La crisis, de dimensiones desconocidas en el ámbito financiero, pone asimismo en entredicho a la globalización, el nuevo estadio de internacionalización del capital; a la desregulación, uno de sus ejes de expansión, y a la nueva expresión del capital financiero.

La velocidad de propagación, reproducción, de la crisis en las economías nacionales es inmediata en el ámbito financiero y si bien estamos ante una economía mundial, las dimensiones nacionales de cada economía son determinantes en la dinámica de la crisis y en la aplicación de medidas para enfrentarla.
La dimensión de la crisis y sus expresiones sociales, el deterioro que acarreará al nivel de vida de la mayoría de la población trabajadora en el mundo, el desempleo, es ya alarmante.

La incapacidad de los gobiernos para atenuar este impacto al favorecer sus medidas en primer lugar al gran capital, exhiben, sin duda, la esencia explotadora del capitalismo. El grado de corrupción y despilfarro, de irracionalidad del capital queda al desnudo una y otra vez: apoyos millonarios para empresarios y capitalistas supermillonarios que festejan el salvamento de sus bancos o sus empresas, y las altas indemnizaciones de sus ex-ejecutivos, con empresas desfondadas, en quiebra, en deuda, que echan sobre los trabajadores el costo de la crisis: pérdida de prestaciones, jubilaciones perdidas, salarios disminuidos drásticamente, desempleo masivo, pérdida del pequeño capital alcanzado por trabajadores, trabajadores sin casa, sin asistencia médica … Hay que tener presente que no sólo es el consumismo irracional que caracteriza al american way of life el que está detrás de este endeudamiento de las familias estadounidenses, sino también, como señalan otros analistas, la caída del ingreso de la mayoría de los trabajadores que se vieron obligados a adquirir una vivienda con hipoteca en los tiempos de la burbuja inmobiliaria.

En la vorágine de la crisis, la reorganización geopolítica del imperialismo avanza. Sin duda, desplazará, asimismo, el costo de su crisis a los países subdesarrollados y dependientes, acentuando los múltiples mecanismos de lo que Harevey denomina “acumulación por desposesión”, profundizando los Tratados de Libre Comercio ahora acompañados con nuevas medidas proteccionistas.

Para Samir Amin [2008],

La dimensión mayor de esta crisis sistémica concierne al acceso a los recursos naturales del planeta, que se han vuelto muchísimo más escasos que hace medio siglo. El conflicto Norte/Sur constituye, por lo tanto, el eje central de las luchas y conflictos por venir. El sistema de producción y de consumo/despilfarro existente hace imposible el acceso a los recursos naturales del globo para la mayoría de los habitantes del planeta, para los pueblos de los países del Sur. La población de los países opulentos – el 15% de la población del planeta – acapara para su propio consumo y despilfarro el 85 % de los recursos del globo y no puede consentir que unos recién llegados accedan a estos recursos, ya que provocarían graves penurias que pondrían en peligro los niveles de vida de los ricos. Si [los ] Estados unidos se han fijado como objetivo el control militar del planeta es porque saben que sin ese control no pueden asegurarse el acceso exclusivo de tales recursos.

En los países del Sur, la estrategia de los oligopolios mundiales lleva consigo el hacer recaer el peso de la crisis sobre sus pueblos (desvalorización de sus reservas de cambio, baja de los precios de las materias primas exportadas y alza de los precios de los productos importados).

La cuestionada hegemonía estadounidense por su derrota en Irak y Afganistán y ahora por su crisis económica, intentará mantenerse por múltiples caminos, entre los que los militares no podemos ignorarlos y a los que hay que incorporar la política genocida y militarista del gobierno israelí contra Palestina, prácticamente integrada a la política estadounidense. Pues hay que tener presente que de la gran depresión se salió con la segunda guerra mundial, como hoy se reconoce incluso por economistas no marxistas. Y volvemos a citar a Krugman que señala

Si usted quiere saber lo que realmente se necesita para sacar a una economía de un pantano de deuda, mire el gran programa de obras públicas, conocido también como Segunda Guerra Mundial, que puso fin a la Gran Depresión. La guerra no sólo condujo al empleo total; también provocó un rápido incremento de los ingresos y una sustancial inflación, todo sin prácticamente ningún endeudamiento por parte del sector privado [Krugman, 2009 a].

Los pronósticos económicos del FMI en enero del 2009 señalan una recesión generalizada más profunda para este año: Estados Unidos espera una pérdida de –1.6%, Japón –2.6, la zona Euro –2%, Inglaterra de –2.8% y los tigres asiáticos –3.9%; otras estimaciones para Estados Unidos la sitúan alrededor de –2.5% la más grave desde la segunda guerra mundial, con estimaciones de caída de 5.2% y 1.8% en los dos primeros trimestres. Para fines de febrero los resultados del último trimestre del 2008 reportaron en Estados Unidos una caída del orden del 6% del PIB y en Japón del 12%, con lo cual se confirma una tendencia de grave contracción para el presente año.

México hacia la depresión

Los pronósticos de la recesión, cambian día con día y lo único que parece claro es que la crisis que vino de fuera llegó para quedarse y transformarse en una larga recesión que desembocará en una depresión siguiendo al comportamiento de la economía estadounidense de la que es su perifieria, a la que está estructural y dependientemente encadenada. Del menor crecimiento pasamos a las estimaciones negativas, menores al 1% que rápidamente alcanzaron el 2% y luego lo superaron y a mediados de marzo diversas estimaciones privadas esperan, para este año, una recesión entre el 3 y el 4%.

Y a riesgo de ser tildada de uno más de los catastrofistas que no comparten que nuestra economía está al margen de la economía capitalista mundial, ni que nuestra economía está más fuerte que nunca, una advierte más bien su vulnerabilidad y la precariedad de las medidas anunciadas, de un plan anticíclico que apenas si representará 1.8% del PIB.
La reinserción subordinada a la economía estadounidense definida por el TLCAN ha hecho más vulnerable nuestra estructura económica, consolidó una dependencia alimentaria, reproduce la dependencia de nuestra estructura industrial que ha fracturado cadenas estratégicas de producción y ha cancelado un sistema financiero nacional.

La descomposición de las instituciones pública se agrava y la inercia de las políticas neoliberales se mantiene a pesar de los cambios que se advierten en el nuevo gobierno de Obama. A la resistencia social que se multiplica frente a la crisis se le responde con frecuencia con medidas represivas y la militarización de la política de seguridad pública trae aparejada una creciente violación de los derechos humanos.

La crisis, en su dimensión multidimensional (de la económica a la ecológica e institucional), nos desafía a todos en busca de medidas alternativas, de un cambio de política económica, en donde una revisión crítica del TLCAN deberá fundamentar una alternativa de desarrollo nacional que también vuelva hacia América Latina en busca de una integración subregional de nuevo tipo.

Bibliografía

Amin, Samir [2008],”¿Debacle financiera, crisis sistémica? Respuestas ilusorias y respuestas necesarias”, Foro Mundial de las Alternativas, Caracas, octubre.
Krugman, Paul [2009 a], “Riqueza imaginaria, depresión real”, El Universal, México, Febrero,
CEPAL, [2009] Anuario Estadístico de América Latina 2008, Santiago de Chile, www.cepal.org
Estudio económico de América Latina y el Caribe 2007-2008,
Santiago de Chile, www,cepal.org
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[2009 b], Indicador de la inversión fija bruta, 11 de marzo,
[2009 c], Indicadores de la actividad industrial, 18 de marzo,
inegi.org
[2009 d], Balanza comercial, 20 de marzo, www.inegi.org
[2009 e], Indicadores estructurales de la ocupación y el empleo, 15 de febrero.
[2009 d], Indicadores de ocupación y empleo, 24 de marzo.
[2008], Sistema de Cuentas Nacionales de México 2003-2006, Cuenta
de Bienes y Servicios, base 2003.

1 Según la CEPAL [2009 a:75], el PIB per cápita creció en México, a dólares del 2000, 3.46% entre 1961 y 1980; presentó una tasa negativa de –0.37% entre 1981 y 1990 y una de las más bajas entre 19 países de América Latina, entre 1991 y 2006, de apenas 1.65%.

2 Entre 1981 y 1993 México, a precios de 1993, registró un crecimiento del PIB de 2.4% y entre 2000 y 2008, una similar o incluso menor, si bien el PIB per cápita es mayor en este último periodo por la drástica caída del crecimiento demográfico y el fenómeno de la migración.

3 Esta severa caída se presenta en las cifras originales y en las desestacionalizadas sólo se presenta una caída menor en la maufactura, 4.79%.

4 Inexplicablemente INEGI ha cancelado la publicación de la estadística maquiladora de exportación que publicó, mes a mes, durante más de 30 años, y aunque remite a la estadística de la encuesta industrial, ésta señala que no recoge los datos de la maquila. La renovación del sistema de cuentas nacionales, con base en 2003 y una nueva estructura económica no permite tampoco un conocimiento puntual de esta importante actividad e incluso en su primera edición dejó de dar el número de trabajadores. Asimismo el Banco de México sólo publicó hasta 2006 la balanza comercial sectorial separando los datos de la actividad industrial maquiladora.




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