“¿Por qué estamos tan mal?”, pregunta el Rector ante Calderón

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Licenciado Felipe Calderón, presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos.
Doctor José Ángel Córdova Villalobos, secretario de Salud. Doctor Emilio García Procel, presidente de la Academia Nacional de Medicina. Doctor, maestro Carlos Mac Gregor Sánchez Navarro.

Distinguidos médicos y colegas que nos acompañan en esta ocasión.

Señoras y señores:

Hoy es un día especial para quienes acudimos a esta ceremonia. En efecto, son dos los motivos principales que nos convocan. De una parte, la celebración de una efeméride: el día del médico. De la otra, atestiguar el reconocimiento a uno de nuestros médicos y maestros más sobresalientes, al muy apreciado doctor Carlos Mac Gregor.
La fecha que se seleccionó para celebrar al gremio tiene su origen en un hecho fundamental. El 23 de octubre de 1833, hace 175 años, un médico extraordinario, contrario a dogmas y verdades absolutas, determinó que era necesario iniciar una nueva etapa en la educación; por ello, don Valentín Gómez Farías clausuró la vieja y agotada Universidad. De esa reforma surgió, el Establecimiento de Ciencias Médicas, con un nuevo programa de estudios.

El doctor Carlos Mac Gregor Sánchez Navarro es un ejemplo destacado de nuestra profesión. Formado a la mitad del siglo XX, se forjó en la escuela de los grandes de la medicina nacional: de Chávez, de Zubirán, de Baz, de Álvarez Bravo, de Sepúlveda y de Castelazo, entre otros.

Él es parte de una generación a la que todos debemos mucho, a la que algunos debemos más. Una generación que entendió el llamado de la vocación y el grito demandante de la sociedad. una generación con la que existe una deuda permanente. Muchos de sus integrantes están aquí presentes en esta oportunidad
El doctor Mac Gregor siempre fue, en su práctica profesional, un médico dedicado y comprometido con sus pacientes y con las instituciones a las que sirvió. Ha sido un profesional en toda la extensión de la palabra. Un médico con una vida de trabajo y de logros; con formación científica y con la calidez que se requiere; un maestro con altura de miras, con cultura y claridad de pensamiento, con el don de la elocuencia y la capacidad de ejecución.

El Instituto Mexicano del Seguro Social es una de sus pasiones innegables. En parte ahí se formó, y ahí formó a muchas generaciones. A esa gran institución dedicó muchos de los mejores años de su ejercicio profesional. Como académico y universitario se ha distinguido todo el tiempo. Su amplia producción científica y de divulgación así lo muestra. Su participación en cursos, conferencias y congresos, así lo corroboran. Su paso por la dirección de la Facultad de Medicina de la UNAM, por la presidencia de la Academia Nacional de Medicina y por la titularidad de las principales agrupaciones de su especialidad, nos lo reiteran. Por todo lo anterior, nos llena de gusto que se le otorgue el Reconocimiento al Mérito Médico este año. Muchas felicidades al maestro Mac Gregor.

Conviene señalar en esta oportunidad, que los que tenemos la fortuna de pertenecer a esta maravillosa profesión, la médica, tenemos muchas y bien fundadas razones para sentirnos orgullosos por lo que se ha avanzado, por lo que día a día se realiza en nuestras instituciones públicas de salud.

También habría que decir que en esos cambios han influido numerosos desarrollos sociales, científicos y económicos. Pero ahí está también reflejada la labor sistemática de los trabajadores de la salud. Son muchas las generaciones que han hecho, con su constancia y determinación, a las instituciones públicas de salud. No se podría entender a nuestro México sin esa infraestructura, sin esos servicios y programas. A los mexicanos les representan certidumbre y tranquilidad. Al país le han dado paz social y desarrollo.
Junto a los avances, tenemos que aceptar la existencia de rezagos. En salud, como en otras áreas de la vida nacional, nos estamos quedando cortos o francamente atrás. Por desgracia, el problema de la pobreza y la desigualdad entre la población no es nuevo ni menor. Ha acompañado al país en toda su historia. Hace casi 200 años, Morelos lo reflejaba en Los Sentimientos de la Nación. Desde entonces, hasta nuestros días, la brecha de la desigualdad ha pasado lista de presente todo el tiempo
No es raro entonces que en una ceremonia como ésta, celebrada el 23 de octubre de 1971, un extraordinario médico, el doctor Alejandro Celis Salazar, nos recordara que “La pobreza y la serie de condiciones que habitualmente la acompañan…. explican una patología diferente del pobre y del que vive en la abundancia”.

Tampoco debe llamar la atención el hecho de que la Organización Mundial de la Salud sostenga que el principal enemigo de la salud es la pobreza. Por todo esto, los médicos en general, nos preocupamos por las condiciones de vida, de educación y de nivel socio económico de nuestra población. Igualmente preocupante nos resulta el hecho de que, en el más reciente reporte de la OCDE sobre la inequidad del crecimiento, México muestre los más altos niveles de desigualdad en el ingreso entre los 30 países de la Organización.
Me parece pertinente hacer algunas consideraciones al respecto. Por un lado, señalar que soy de los que piensan que es oportuno hacer un alto en el camino y replantear el rumbo de nuestros modelos de desarrollo económico y social. No dudo en afirmar que debemos compartir más el destino y la responsabilidad de la construcción del porvenir.

Pero también, debemos aprender de los acontecimientos recientes. Del debate petrolero y de la posibilidad de dar pasos en la dirección correcta, así sean modestos, pero privilegiando la unidad de la nación. También de la actual crisis económica que afecta a todas las sociedades. En especial, reconocer la incapacidad del mercado para regular, por supuesto las disparidades en la disponibilidad de servicios básicos como los de salud y educación, pero incluso para hacerlo en asuntos financieros.

Por otra parte, tenemos que trabajar más, mucho más, en el desarrollo de un sistema de valores laicos compartidos ampliamente por la sociedad. Se equivocan los que equiparan el éxito del ser humano con la acumulación de bienes y de capital. Algunos indicadores más pertinentes son la vida en verdadera libertad, la posibilidad de desarrollar el potencial de la persona, el cultivo del saber, del arte y la cultura, la solidaridad con el que requiere ayuda, el respeto a la pluralidad y la tolerancia, el apego a la justicia y al estado de derecho, la garantía de un empleo y un ingreso dignos, la satisfacción universal de las necesidades básicas, y el cultivo del espíritu.
También se debe señalar que hay manera de disminuir las disparidades y de combatir la pobreza. Probablemente esto demandará acordar nuestras nuevas utopías, las que otras naciones, por cierto, ya han hecho realidad, al igual que determinar una política de Estado y un sólido compromiso colectivo.

Todo esto pasa por la salud y la educación. Por ello, debemos hacer mayores y mejores esfuerzos en esa dirección. En la salud, ya que se trata del requisito previo; sin salud no hay desarrollo verdadero. En la educación, por que se trata de la inversión más rentable, de la estrategia más exitosa.

Es conveniente, a mi entender, plantearnos metas claras que al conseguirse se traduzcan en hazañas colectivas. ¿Por qué no establecer el compromiso de reducir en cuatro años la mortalidad infantil a la mitad? ¿Cuál es la razón de resignarnos a tener a seis millones de mexicanos excluidos de la vida contemporánea por no saber leer ni escribir? ¿Qué hace que nos conformemos con una cobertura en educación superior menor al promedio de América Latina? ¿Cómo aceptar que nos tomará más de treinta años alcanzar la cifra que Argentina tiene hoy en día? ¿Cómo entender que una universidad de Brasil gradua casi el mismo número de estudiantes de doctorado que nuestro país?

En esos ejemplos hay compromisos posibles. Son viables en todo sentido. Se requiere de recursos y es posible destinarlos. Se sabe como hacerlo, otros ya lo consiguieron. Son el mejor camino para el desarrollo y en otras latitudes ya lo probaron. Tomemos el desafío, respondámosle al país y a la generación que ya nació.

Estimados colegas, hablar de valores en un acto como éste, reclama recordar las palabras del insigne maestro Ignacio Chávez cuando recibió la Medalla Belisario Domínguez, y criticó: “Los valores de ayer, provocan hoy sonrisas despectivas…. La conquista del poder o de la riqueza son las metas más altas de nuestro tiempo y detrás de ellas está, casi siempre, el ansia del disfrute. El goce antes que la sabiduría, el espíritu de lucro en vez del espíritu de servicio”.

Han pasado casi 35 años desde entonces. Es posible que ahora tengamos mejores condiciones para avanzar en la solución de ese pendiente. Igualmente es factible que la educación y la salud se conjunten para conseguir la transformación. ¡Lo menos que podemos hacer, es intentarlo!

Creo que puedo hablar en nombre de muchos médicos y decir que tenemos la plena convicción de fortalecer a nuestras instituciones públicas de salud. De consolidar la herencia que otros depositaron en nuestras manos, de un legado que nos dicta que la medicina no es un nicho de oportunidad, una industria o un sector de la economía, como el médico no es un proveedor ni el paciente un cliente. El humanismo que nos ha acompañado, que acompaña a nuestra profesión por más de 25 siglos está vigente. En esta oportunidad, con plena convicción, lo reiteramos. Felicidades al maestro Carlos Mac Gregor y a los médicos de México en su día.




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